Javi Guerra y Javi López Villarubia: aquí unos amigos

Una historia de amistad y kilómetros.
Alberto Hernández / Fotografías de César Lloreda -
Javi Guerra y Javi López Villarubia: aquí unos amigos
Javi Guerra y Javi López Villarubia: aquí unos amigos

Dicen que el deporte de alta competición es territorio vedado a las relaciones personales de largo alcance. Dicen que a la hora de la verdad prevalece el egoísmo y el interés ocupa por completo el espacio reservado a la camaradería. Dicen que una medalla sólo la saborea quien escucha el aplauso del público desde la cómoda azotea del podio. Lo dicen, sobre todo, los que nunca se cruzaron en el camino con Guerrita y Bikilín.

El tipo que va a proclamarse campeón de España de maratón no ocupa la primera plaza en la prueba. Delante de él, apenas unos centímetros, la vista se le inunda con el verde esperanza de su propia camiseta. Avanza segundo, pero sabe que su predecesor no se interprondrá entre él y la panóramica que aguarda desde el cajón más elevado del podio. No es prepotencia. No es arrogancia. Ni siquiera exceso de confianza. Es certeza.

Un deseo que comenzó a fraguase en los albores de la temporada y que hoy, lentamente, a 3:08 el kilómetro, se materializa en las calles de A Coruña con una viveza de colores que ni los sueños más atrevidos pueden reproducir. Javier Guerra 'Guerrita' confía en esa figura flaca y tostada que no para de girar la cabeza, sopesar la situación, mecer la cuna lo justo para no despertarle en el momento cumbre de su trayectoria como profesional del más antiguo de los deportes.

Ha querido que fuese él, ningún otro, el encargado de compartir sudores y calambres, el regazo amigo bajo el que guarecerse cuando la soledad y la carretera comiencen a dejar marchar su ejército de fantasmas. Así lo han planeado, con manos de cirujano y cabeza de matemático. Y así está sucediendo (así están haciendo que suceda), con alma de artista.

Quien lidera las hostilidades, una vez despedazado el vagón de aspirantes sin haber llegado siquiera al octavo kilómetro, es Javier López Villarrubia "Bikilín".

Luce el apodo con orgullo desde que dio sus primeros pasos, antes incluso de hacerse con el Nacional cadete de cross o pasear entre la élite el logo escogido por sus padres, Isidro y Mª Carmen, para bautizar la que acabaría siendo la tienda de referencia para la gran masa de fondistas vocacionales que hoy desborda calles y caminos de medio país.

Bikila por devoción a ese africano que llegó a Roma descalzo y salió con zapatos de oro. Bikila, que nunca fue sólo un comercio, que se convirtió primero en punto de encuentro, después en club (el mejor europeo sobre campo a través), en cantera de querubines que sueñan con ganarse la vida en esto de sufrir por una ilusión. Bikila y, él, por ser el menor de los varones, ya saben. Su objetivo no es ninguna de las medallas, ni persigue el título ni busca una gran marca. Y sin embargo se está consumiendo por ello.

Es la liebre, el práctico, el pacemaker, que dirían los anglosajones o los modernos. Por eso no para de ojear el tom tom de su muñeca, golpeando con el dedo la pantalla cada vez que un hito kilométrico es ajusticiado, con la esperanza de que la hoja de ruta no sufra desvaríos, de que el ritmo siga siendo factible, como en esos rodajes que tantos días de invierno han compartido en los pinares de la Casa de Campo.

Lo escruta como un autómata por una cuestión de responsabilidad, ya que Guerrita ha partido sin reloj, delegando en él la tarea de domar el tiempo. Tiene tanta fe en su compañero que no concede la más mínima importancia a un hecho tan anecdótico como inquietante: hasta la fecha jamás ha completado un medio maratón. Una incógnita que Bikilín resuelve haciendo un curioso regate psicológico: "Estoy nervioso, cierto, pero me sobran ganas. 1:06:30-1:06:45 suena duro, pero es ritmo de 31:40 el 10.000; y eso sí puedo hacerlo". No son cifras aleatorias, si no el peaje para obtener la mínima mundialista, de ahí que el ejercicio de hermandad adquiera tintes novelescos; cedes el crono a un debutante en larga distancia la jornada en la que te juegas el entorchado patrio y el billete para estar entre los mejores maratonianos del Planeta. O quieres mucho a ese tío o eres un descerebrado de dimensiones importantes.

Y Guerrita, de tonto no tiene un pelo. Sabe que su compañero de aventura, su más íntimo rival, no se limitará a ejercer la labor atendiendo a los cánones aceptados en el oficio. Así lo ha hecho constar: "Sé que parece fácil, que al ser liebre siempre tendré la opción de pararme porque no acarreará demasiadas consecuencias negativas para mí. Pero no pretendo eso. Quiero sentir la presión antes y durante, llegar lo más lejos posible, amenizarte la mayor cantidad posible de esos 42 kilómetros".

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Que no va de farol queda patente en la fase embrionaria de la competición, cuando la cabeza de carrera se fracciona, se quedan solos al frente, y los marcadores de ritmo oficiales -en una ilógica y extraña decisión- deciden ofrecer sus servicios a los integrantes del segundo grupo. Bikilín, lejos de acobardarse, esgrime un gesto de satisfacción. Ahora la batuta es suya y en el baile no queda más que la guapa. Un escenario ideal, a pesar del "uff, tal vez vayamos un poco rápido", con el que Guerrita muestra los temores propios del primerizo que también es al saber que los primeros 10km han sido devorados en 31:18. "¿Pero vas bien?", interpela el otro. "Sí, sí...", responde el segoviano. Lo dicho, resquicios de miedo escénico. Nada serio. Aún así, el que vigila el paso de los segundos decide apaciguar los ánimos los siguientes siete kilómetros, por supuesto sin decir ni pío, no vaya a ser que los nervios se cuelen en una fiesta en la que ni están ni se les espera. A cambio llega el momento de matar el rato, de hacer que la parte sucia del reto pase sin hacer demasiada mella en cuerpo y espíritu: "Vamos, Guerrita, tú como si fueras entrenando". "Esto parece la Blume". "Mira el mar". "Creo que me he jodido el gemelo", suelta de pronto el beneficiado de sus dotes motivadoras. Pero esa excusa no se la compra, al revés, ya han llegado al kilómetro veintiuno con noventa y siete metros y las noticias siguen siendo cariñosas: 1:06:44, clavado para atacar las 2:13:30 que dan derecho a un dorsal en Moscú. Así que no hay dolores que valgan, menos cuando se acercan a su tribuna de admiradores, al album de rostros conocidos que aguardan con las palmas calientes y las gargantas afinadas.

Tan grande es el chute de energía que el siguiente kilómetro se les desmelena. Sale a 3:00 y la voz de alarma es obligada: "Quieto, quieto, que nos hemos pasado un poco". Vuelven a la senda de la mesura y llegan al avituallamiento del kilómetro veinticinco. Es el momento fijado para la despedida, a partir de ahí la audiencia con Filípides será individual. "Muchas gracias", dice Guerrita pensando que es inminente el cese de actividad de su camarada.

Pero un detalle le conduce a pensar que tal vez esté incuriendo en un juicio prematuro. Bikilín advierte al voluntario encargado de entregar los botes: "El de tu derecha es de él, el otro mío". Si vas a detenerte, ¿para qué tantas molestias? ¿No es más razonable echar pie a tierra y beber de forma sosegada? Pero la liebre sabe que en dos kilómetros volverán a pasar ante los suyos y decide avivar el fuego hasta que no quede ni una nave.

La confusión hace que sólo el futuro campeón reciba sus sales, así que la ración ha de ser compartida para que en esos 2.000m falte miedo y sobre combustible. Un sorbo y ya no hay marcha atrás: "Ponte detrás, sigo un poco más... Me paro en breve así que aprovéchate de mí todo lo que puedas". Guerrita obedece con la misma disciplina marcial que ha venido exhibiendo desde hace casi hora y media. No tiene razones para dudar de sus fuerzas, de hecho hace ya un rato que azuza a Bikilín. Lo hace sin hablar, recurriendo a esa gestualidad, tan propia del devoto del fondo, consistente en ponerse a la altura del hombro del compañero y sobrepasarlo intermitentemente con la intención de que comience a incrementar el ritmo. Por un momento éste duda de su fiabilidad y llega a temer que la comodidad le haya puesto a merced de la lentitud, aunque una comprobación del GPS le confirman que es una mera cuestión de sensaciones; los números indican que la empresa sigue dando beneficios.

Un dos y un siete, ahora sí que no quedan resquicios para las sorpresas, Bikilín se hace a un lado para no regresar jamás. Un cachete en las posaderas es el guiño de complicidad escogido para decir con Dios, complementado con todo el sarcasmo que, en tales circunstancias, encierra una frase de este calibre: ¡Ánimo, sólo te queda una vuelta! Lo  malo es que mide 15km". Ya ven, se puede perder una carrera, nunca el humor.

Una vez puesto el lazo a su regalo, tomando aliento sobre la acera, comienza a ser interrogado por los suyos: "¿Cómo lo ves? ¿Qué tal va?" No duda mucho al aseverar: "Sobrado, va sobrado".

Lo sabe porque lo ha percibido en las muecas de impasibilidad del discípulo de Antonio Serrano y porque la alta tecnología se ha encargado de ratificárselo. El tiempo invertido en los 10.000m que separan el kilómetro 17 del 27 fue 31:18, exactamente el mismo que el registrado en los primeros de la prueba.

Eso Guerrita lo desconoce. Afronta el tramo final de su órdago a los 42.195m sin una sola referencia. Lo ha querido así, llegar al muro sin pértiga o, mejor, aproximarse a él sin necesidad de saltarlo, derribándolo con esas piernas de tractor que le han convertido en uno de nuestros grandes crossistas. Cosas en las que pensar no le faltan. Reflexiona, por ejemplo, sobre aquella inoportuna lesión que en marzo de 2011 le asaltó apenas un mes antes de su puesta de largo en Londres. O de la acertada decisión, este mismo curso, de apostar por el sabor de la comida casera en lugar de partir hacia Rotterdam y tener que pelear en un congreso de catedráticos de la materia con muchas más batallas ganadas y perdidas -en maratón todo suma- que las suyas.

Entre esa amalgama de recuerdos se va a somando la sonrisa de María Pita. Lo recibe con uno de esos abrazos esponjosos que se adhieren a la memoria de la piel. No le importa haber tenido que esperar 2:12:21, ni compartirle con los que acuden veloces a mostrarle su júbilo, ni aceptar que meigas haberlas haylas, pero no será al arrullo del Atlántico si no en la lejana Rusia donde tendrá que ir a buscarlas. Acude al encuentro un Bikilín no menos emocionado que si hubiese sido él mismo quien tuviese que trepar al podio a recoger el dorado.

Descubre que las medallas también entienden de excepciones, que ésta no es propiedad exclusiva del tipo que iba a proclamarse campeón de España y ya lo es, que le pertenece un trocito importante, un pedazo de metal con un poco de cinta como símbolo de una amistad gestada en el barro, cuando eran niños, que ahora engorda en el asfalto, cuando son adultos, y seguirá ensanchando con el caer de las hojas otorgándoles materia para la fabulación cuando lleguen a viejos.

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El 19 de abril, viernes, se citan en Villacastín (Segovia) para poner rumbo a Galicia. Al día siguiente, 11:00, toca soltar piernas. Son los últimos 7km de una exigente disciplina y los cubren en compañía de un anfitrión de lujo, su compañero de equipo Pedro Nimo (a la postre segundo con 2:14:55). Tras una siesta, como todo hijo de vecino acuden a la Feria del Corredor. ¿Creías que los pros no lo dejan todo bien colocadito la noche antes? Dorsal en la camiseta (8 Guerrita, 9 Bikilín) y chip en la zapatilla.

Ya es domingo y el despertador brama a las 4:30. Un breve desayuno y a preparar el avituallamiento. Deprisa como la vida misma, estamos en el kilómetro veinticinco y Bikilín, tras perder su bote, coge el de Guerrita para estar bien hidratado en los dos kilómetros que le quedan. En pie por favor, llega el campeón.Teledeporte da testimonio de la historia. Las cosas hay que celebrarlas: ¡bollería industrial al canto! Villacastín de nuevo, pero ahora la foto tiene mejor luz. Será el brillo del oro.

COSAS DE CASA

Javier tiene de lo que presumir a nivel atlético. Ha sido once veces internacional y al título patrio de maratón hay que sumar el de 10km en ruta logrado hace cuatro temporadas. Tras una exitosa trayectoria en el campo a través (dos presencias en mundiales y seis en europeos, la última, en 2012, ocupando la octava plaza) parece obligado apuntar al asfalto como escenario en el que consagrarse de forma perenne. Espejo en el que fijarse no le va a faltar, de hecho todos los récords familiares en pista no los ostenta él. Su padre Paco, campeón de España de cross en 1993, dejó un legado que su pequeño aún no ha podido abordar: 3:43 en 1.500m, 8:02 en 3.000m, 13:40 en 5.000m y 28:17 en 10.000. La biografía cronométrica de Guerrita en el óvalo (3:49 en 1.500m, 8:09 en 3.000m, 13:46 en 5.000m y 28:53 en 10.000) aún no ha terminado de escribirse, aunque a su progenitor ya le ha pasado por la derecha en los 21,097km (1:04:07 por 1:04:38), distancia en la que a cierre de edición se proclamó subcampeón nacional. En el maratón no pueden medirse, pues el mayor no llegó a completar la distancia… Vamos, que a partir de ahora las sobremesas van a ser muy divertidas en casa de los Guerra.

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