Más allá de nuestro bloque

Las condiciones leoninas impuestas por la IAAF a los atletas rusos participantes en el Mundial de Londres les obligan a competir en inferioridad.
SHR | Foto: Zee News -
Más allá de nuestro bloque
Así competirán los atletas rusos en Londres 2017

El penúltimo capítulo de las sanciones y veto a Rusia por parte de organizaciones como IAAF, WADA y COI tiene por protagonistas a los atletas del gigante euroasiático que han recibido el visto bueno de la primera para competir en el evento más importante del año en calidad de deportistas con estatus neutral, no como nacionales de su país. Una comisión ad hoc de la IAAF es la encargada de dar el visto bueno a la participación de estos atletas en competiciones internacionales a través de un proceso opaco cuyo resultado ulterior es la exigencia de cumplir unas condiciones desnaturalizantes que, además, deja a los afectados en clara desigualdad frente al resto de atletas.

Símbolos Nacionales Prohibidos… Y Mucho Más

La IAAF ha entregado a los atletas rusos que asistirán al Mundial un pliego de exigencias de obligado cumplimiento entre las que resalta la prohibición de lucir prendas o símbolos que aludan a la nacionalidad del atleta en cuestión. Es decir, aparte de la imposibilidad de ataviarse con una camiseta de la selección rusa, la IAAF también prohíbe cualquier complemento o atuendo que tenga relación con la simbología nacional rusa: quedan proscritos los colores blanco, azul y rojo en lacitos y gomas del pelo, muñequeras, gorras y viseras, gafas de sol, zapatillas, mochilas, manicura, etc. Si la piel de un atleta presentase tatuajes con la bandera rusa o los colores y escudos de la enseña nacional, deberán ser tapados con esparadrapo. Incluso el equipaje de mano y facturado debe constar libre de simbología. Y en caso de victoria, los atletas habrán de escuchar el himno de la IAAF en el podio.

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Pero la primera condición de todas, por discriminatoria, es la que recalca el carácter individual del permiso para competir en Londres, pues sólo se extiende al atleta en sí y a nadie más. Es decir, los atletas rusos no podrán viajar acompañados de sus entrenadores, fisioterapeutas, masajistas, médicos, etc. La organización del mundial no tiene previsto para ellos ni carta de invitación para formalizar sus visados, ni recepción, ni alojamiento, ni transporte, ni acreditación. Si quieren viajar, que lo hagan por su cuenta. (Es decir, tendrán que sacarse a sus expensas un visado turístico y no el de actividades deportivas que garantiza la organización, buscarse un hotel y comprarse una entrada para entrar en el estadio pero sin poder dirigirse a sus atletas). De resultas, campeones del mundo como el vallista Serguei Shubenkov o el saltador Alexandr Menkov viajarán solos, ahorrándose así –tal y como han declarado a la prensa de su país- futuras provocaciones en torno a sus acompañantes. Hoy por hoy, los atletas rusos sólo tienen garantizada la asistencia de los servicios médicos del estadio en caso de urgencia. El resto es una incógnita, más allá de intentar contactar con masajistas de otros equipos e intentar adquirir sus servicios.

También representa una incógnita el ambiente de la grada londinense para con los deportistas rusos. Shubenkov declara estar preparado para lo peor, mientras que Lasitskene se muestra más positiva a raíz de sus actuaciones en la Diamond League, donde el público la ha animado a rabiar e incluso varias contrincantes, sobre todo ucranianas, le han reconocido que, en su ausencia, la competición no era la misma.

Sin embargo, el golpe más demoledor de cara a la preparación y rendimiento de los atletas rusos que solicitan el permiso para participar en Londres es la arbitrariedad de la comisión de la IAAF creada ad hoc para revisar y fallar sobre cada caso. Sin plazos determinados, el grupo encabezado por el estadounidense Robert Hersh otorga los pases con independencia del calendario de competición y de la fecha límite para lograr las marcas mínimas establecidas para Londres 2017. De este modo, los atletas se han topado con la imposibilidad de entrenar de cara a objetivos concretos, cuando no con la concesión del permiso una vez la competición se ha iniciado (así ha sucedido con varios atletas deseosos de asistir al Campeonato de Europa Junior) y la imposibilidad de lograr las marcas mínimas requeridas antes de la fecha tope.

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En resumidas cuentas, la IAAF incurre nuevamente en otra de sus contradicciones, pues en su permanente deseo de vetar a Rusia, busca diluir la presencia de sus nacionales en la confusa categoría de “neutrales” y, una vez en el estadio, borrar toda huella de su legítimo origen, como si de repente hubieran caído del cielo.

Este afán general de la IAAF y de su presidente Sebastian Coe en particular de permitir la participación de algunos atletas rusos pero sin que se note mucho su presencia (tanto física como resultadista), es la expresión de intentar parchear la decisión sin precedentes de ejecutar el “bombardeo de alfombra” que dejó fuera a todo el equipo ruso de los JJ.OO. de Rio y a toda una serie de campeones y campeonas que jamás se habían visto involucrados en casos de dopaje. Porque las razones peregrinas por las que se impidió que, por ejemplo, María Lasitskene (Kúchina), Serguei Shubenkov o Elena Isinbáeva lucharan por la medalla de oro en la ciudad carioca siguen estallando por los aires apenas se citan. De hecho, en 2017 y ya limpísima según la IAAF, Lasitskene está poniendo en jaque el récord mundial de altura, mientras que en 2016, sospechosa según la IAAF, “sólo” saltaba 2 metros. Cuando el diario ruso Sport Express pregunta al saltador Alexandr Menkov por sus posibilidades frente al líder mundial del año (el sudafricano Luvo Manyonga, con 8,65 m), la apreciación es tajante: Menkov nunca ha dado positivo, pero ha estado vetado hasta finales de junio y no ha podido entrenar con normalidad. Manyonga, mientras tanto, con un positivo por metanfetamina y una sanción de año y medio de plazos concretos pudo entrenarse y luego competir a placer.

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Un Ambiente Enrarecido

Recordemos que la imposición del veto al atletismo ruso por supuestas prácticas de dopaje de Estado afectó y afecta a deportistas que jamás se vieron implicados en caso de dopaje alguno, una suerte de decisión en la que pagan justos por pecadores, una tabula rasa contraria al Derecho que lamina la presunción de inocencia y, en suma, por paradójico que suene, un recurso de lo más estalinista. Por parte de la IAAF, sigue vigente su propuesta de valorar positivamente los expedientes de atletas rusos que se presten a la delación (una figura odiosa, la del chivato). Porque la lógica de este organismo afectado también de corrupción, obra que Lasitskene, Isinbáeva o Shubenkov, que siempre han estado localizables para el sistema Adams, siempre han pasado limpiamente todos los controles y no ceden al chantaje, acaban vetados durante más de un año, mientras que a la ochocentista Yulia Stepánova, sancionada por dopaje, acaba siendo aceptada en las competiciones internacionales de 2016 apenas comienza su relato de delación ante las cámaras del documentalista alemán Hajo Seppelt.

Mientras tanto, diversos casos de infracción de las normas antidopaje siguen sucediéndose, como la escandalosa absolución del cuatrocentista estadounidense Gil Roberts tras concluir la investigación que las substancias prohibidas en su organismo le fueron transmitidas vía oral mediante “intensos y prolongados besos con su novia” (sic), a la sazón la persona que supuestamente estaba administrándose medicamentos con estas substancias.

Y por si fuera poco, la espiral de sospecha en torno al Nike Oregon Project, la “fábrica” de campeones dirigida por el archipolémico Alberto Salazar, no hace más que crecer y marca claramente lo que es una política de doble rasero de la IAAF. Recientemente, se filtraron datos (anormales) del pasaporte biológico de su pupilo estrella, el no menos polémico británico Mo Farah. Pero sigue sin pasar nada. No importa que el prestigioso entrenador estadounidense (y colaborador de Runner’s World USA) Steve Magness abandonase en su momento el grupo terriblemente decepcionado y escandalizado; no importa que la fondista Kara Goucher hiciese otro tanto de lo mismo; no importan las impactantes revelaciones sobre la continua administración de L-Carnitina y testosterona a los componentes del grupo (a Galen Rupp desde los 16 años). Nada de esto importa cuando el patrocinio de una gran marca comercial se revela como un impresionante escudo de teflón que, en otras circunstancias, sería catalogado de trama de dopaje cualificada con supuesto amparo estatal. 

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