Trinity College

El aura mitológica del correr en el templo del saber
Miguel Calvo | Foto: The Hague -
Trinity College
Trinity College

El día amanece gris y bajo una fina lluvia un grupo de jóvenes juega al rugby en la enorme pra­dera de Parker´s Piece, en el cen­tro de Cambridge, mientras imi­tan a sus propios ídolos antes de que, por la tarde, los pubs se lle­nen de cervezas para ver el des­enlace del Seis Naciones, uno de los torneos deportivos con más aroma del mundo.

Tras el oval, los chicos corren y huyen de los placajes. A su lado, dibujada con unas sencillas lí­neas blancas sobre el verde del césped, descansa una pequeña pista de atletismo que invita a correr en la hierba y a soñar con épocas pasadas.

Adentrándonos más en el centro de Cambridge, los famo­sos colleges se van sucediendo junto al río Cam a medida que la ciudad universitaria se pierde en estrechas callejuelas me­dievales en las que el tiempo parece detenido en los paseos de los estudiantes que durante siglos han convertido a la peque­ña ciudad inglesa en un referente académico.

Dentro del Trinity College, fundado por Enrique VIII en 1546 y por donde han pasado alumnos como Isaac Newton, Lord Byron o el filósofo Francis Bacon, su famoso patio ter­mina de sumergirnos en un apasionante viaje, tanto físico como temporal.

Tal y como recuerda la historia, la mañana que precede a la cena de graduación que se celebra cada mes de octubre, los alumnos se retan en una apasionante carrera alrededor del recinto que quedó inmortalizada para siempre en la película de Carros de Fuego (Hugh Hudson, 1981): el inicio de las campanadas de mediodía marca el comienzo de la prueba y los estudiantes que se van a graduar compiten por ver quién es el primero en dar una vuelta completa, al tiempo que intentan termi­nar antes de que suene la última cam­panada del reloj que hace de juez.

Sin más reglas, nada tiene aquí unas medidas exactas y ni la distancia ni el tiempo son constantes. Por una parte, el enlosado que recorre el perímetro mide 370 metros, pero en la actualidad se permite correr por toda la zona ado­quinada, lo que hace que los giros sean menos bruscos. Por otro lado, el calor y la humedad afectan al mecanismo del reloj, por lo que en octubre, dependien­do del día, las campanas suenan entre 43 y 44,5 segundos.

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Ni siquiera la escena que incorpo­ra la historia de esta carrera a Carros de Fuego se rodó aquí y tampoco fue realmente tal y como se cuenta en la película. De hecho, la leyenda dice que solo dos alumnos, Sir Burghley en 1927 y Sam Dobin en 2007, consiguieron ter­minar de correr antes de que dejasen de sonar las campanas. Y ni Sebastian Coe ni Steve Cram, vestidos como en la In­glaterra de 1924 que se recrea en la pelí­cula, lo lograron en una maravillosa ca­rrera que disputaron en 1988, en plena edad dorada del medio fondo británico.

La mañana en la que visitamos el Great Court del Trinity College, todo está calma. La lluvia ha ahuyentado a los turistas. Los estudiantes aprove­chan el día festivo descansando y estu­diando en sus habitaciones. Y el famo­so enlosado se extiende ante nosotros como único horizonte, mojado por el agua que no deja de caer tímidamente y sin más testigos que las piedras y el cie­lo repleto de tonos grisáceos.

En silencio, bajo la calma de la lluvia, no hay dorsales, ni rivales, ni un cronó­metro que amenace el paso de los se­gundos.

Nos situamos junto a la torre del reloj y comenzamos a correr, recordando la famosa escena de la película y la propia tradición, convencidos de que las carre­ras más emotivas no siempre están en las líneas de salida más ruidosas.

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