El mágico momento del test

Anécdotas y consejos de salud para corredores.
Hernán Silván -
El mágico momento del test
El mágico momento del test

Dice el Diccionario Panhispánico de Dudas que, por influjo del inglés to test, se ha creado en español el verbo “testar” con el sentido de someter algo o a alguien a una prueba o control.

El test es un momento mágico. Aquel en que vas a conocer tu verdadero poder. Tu verdadera capacidad. Y cuando llevas algún tiempo entrenando, de pronto el preparador te anima a hacer una prueba y tú no te niegas porque, en el fondo, estás deseando comprobar cuál es tu momento. También es una forma de trasporte al futuro. Muchos preparadores atribuyen a los tests poderes mágicos pues, incluso con ellos, predicen tus marcas cual gurús. Pero, como muchas veces pasa en la vida, algunos se extralimitan, se desbordan y transforman en matemática segura lo que en un principio podría ser un simple resultado esperanzador para el atleta. Recuerdo, no sin cierta sorna, que ya en los primeros ochenta se difundió en los ambientes maratonianos la idea (de ningún modo demostrada a día de hoy) de que la marca de una media maratón tres semanas antes del gran día podría predecir con gran exactitud tu marca en la cercana maratón. Si tenemos en cuenta que, metabólicamente hablando, a partir de los treinta kilómetros de carrera suceden en el humano maratoniano cosas raras e impredecibles como, por ejemplo, que dejamos de usar esa gasolina “súper” que suponen los hidratos de carbono y debemos tirar de grasas y proteínas como elemento energético (y esto es ir contra natura) no debería haber tantos valientes circulando con ecuaciones aritméticas lineales por el farragoso terreno de la “teoría del caos”.

Una mañana, raramente ociosa en la facultad de medicina, me acerqué por su añejo Club Deportivo para ver las fechas de las carreras cercanas, y me chocó bastante un cartelito donde se pedían voluntarios para unas pruebas de esfuerzo que realizaba el departamento de fisiología a fin de medir la adaptación cardiovascular al esfuerzo y publicar un estudio al respecto. Como ese tipo de noticias no solían poblar el mural de avisos y, más bien, los carteles anunciaban fiestas de pijama, de toga romana o escabrosas pruebas para formar parte de la gloriosa tuna del lugar, me dirigí a conocer de primera mano el singular evento.

Me hicieron saber que había dos tipos de pruebas de esfuerzo. Aquella que harían a los atletas de élite, consistente en correr en tapiz rodante mientras te tomaban los resultados que fueran. Y otra para aficionados al deporte que consistía en hacer un test que llamaban de Ruffier-Dickson. Me apunté y, tras preguntarme si era alumno de medicina y colocarme en el grupo de aficionados, me citaron para dos días después pasar la misteriosa prueba.

Aunque la mañana en las pistas del INEF había sido cansada (tuve un interval de diez cuatrocientos a un minuto, recuperando treinta segundos y con el último claramente bajo el minuto pues era el único que hacía con clavos) a la tarde me acerqué con extrema curiosidad a hacer mi test en la facultad.

Después de tomarme datos como el peso, el pulso, la tensión arterial, los pliegues grasos, encuadrarme como “leptosomático” y otras EL TEST gaitas más que ya no recuerdo, llegó el momento dorado. El test de los tests.

Colocado de pie, con la espalda recta y manos en la cadera se me pedía realizar treinta flexo-extensiones de piernas al ritmo que marcaba un diapasón durante cuarenta y cinco segundos. Como al final del ejercicio, tras tomarme nuevamente el pulso, la cara de la señorita que me medía era una mezcla de extrañeza y cabreo inferí que algo iba mal. Consultó con el que parecía su jefe y se formó un corrillo donde lo único que llegué a oír es que el resultado era imposible para un aficionado. Y por la forma en que me miraba alguno estoy seguro de que hubiera añadido “imposible para un aficionado con la pinta de yonqui que tiene este” (pero esto son suposiciones mías). Con mezcla de asombro y decepción (¡tanta expectación para esto!) recibí la noticia de que el test ya había terminado y que, excepcionalmente, tenía menos pulso tras la prueba (cuarenta y cuatro latidos) que antes (cuarenta y ocho). A lo cual contesté yo: ¿Y no habría posibilidad de hacer la otra prueba, la del tapiz? No, me dijeron. Eso es exclusivamente para la élite. Para los cincuenta primeros clasificados de MAPOMA, añadieron con cierta pompa y circunstancia.

El positivo resultado de aquel decepcionante test coincidió con el excelente resultado de la prueba que corrí el domingo siguiente, la Internacional de Canillejas (sexto clasificado, tercer español, y algo más de treinta y cuatro minutos en cerca de doce kilómetros). Entonces… ¿Creemos en los tests?

Te recomendamos

El DS 7 Crossback es el primer coche desarrollado desde cero por la marca premium fra...

Ricochet y Bedlam se unen a la familia ...

Así es la nueva Storm Viper de Joma: una zapatilla para hacer kilómetros en carretera...

Más ajuste, más estabilidad y más amortiguación sin añadir peso. Así es lo nuevo de S...