Los peligros de creerse Rambo

¿Tiene el fondista una resistencia mayor a cualquier dolor?
Hernán Silván | ILUSTRACIÓN: John Cuneo -
Los peligros de creerse Rambo
Los peligros de creerse Rambo

Es bien sabido que el fondista desarrolla con los años una especial resistencia a cualquier dolorimiento. Decimos que sube su “umbral del dolor” pues aguanta mejor este grito del cuerpo que, como sucede con la fiebre, no es más que un mecanismo de defensa, una suerte de advertencia de que algo no va bien. 

Ya, de partida, el dolor es sentido de forma muy variable por cada individuo. Pero se ha demostrado, y la literatura médica da cuenta de ello, que esa variabilidad se da igualmente no sólo por haber nacido con ella, que también se entrena. Sería el entrenamiento de la voluntad y de la motivación. 

Como dice Le Breton en su “Antropología del dolor” (Seix Barral, 1999): “Hacer del dolor un simple dato biológico es insuficiente, pues su humanización es la condición necesaria para que se presente a la consciencia… los hombres no sufren del mismo modo ni en el mismo momento”. El control del dolor no radica, por tanto, en una simple cuestión farmacológica. Más bien deberíamos pensar en los inescrutables caminos de la mente cuando se conocen casos como el que os voy a relatar. 

Sus ganas de correr la prueba de cien kilómetros que se disputaría ese fin de semana en Cantabria eran más fuertes que sus molestias. Éstas, cada día más agudas, no eran óbice para seguir trotando desde dias atrás, aunque era extraño que ni en caliente cedieran como otras veces. Negar el dolor había sido su actitud durante semanas, aunque ya percibía que aquello iba a más. Me consultó con cierto miedo a saber la verdad. No quiso hacerse previamente ninguna prueba radiológica. Le habría resultado sencillo, teniendo como tenía familiares médicos. Y ésta era una muestra evidente de que sospechaba que una fractura habitaba aquella zona de su pie. Negar lo evidente, negar el dolor era el único lema que no le apartaría de su tan ansiado reto ultrafondista. Pero a la palpación ya se intuía un abombamiento, posible resultado de un tímido callo de reparación, y a ello se sumó un cambio de rictus que adiviné de reojo. Se hacía el fuerte para no levantar demasiadas sospechas pero no estaba cómodo cuando mi dedo llegaba a un concretísimo punto al recorrer el canto externo de su pie. No hay dolor, pensé yo que él pensaría cuando corriera.

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Le informé de que, ante la ausencia de caída, golpe o traumatismo, parecía tener una fisura o fractura por estrés. Esa zona del pie habría sido demasiado solicitada y, al final, terminó fatalmente cediendo. Como primera medida precautoria, junto a la toma de sales minerales ricas en calcio, precisaba un vendaje funcional que le apliqué. Y aquí vino el “milagro”. Al apoyar temeroso el pie vendado en el suelo, vi cómo comenzaba a desplegar una sonrisa entre sorpresiva y desconfiada. Me dijo que era increíble que no le doliera. Que tras más de dos semanas con dolores insoportables era la primera vez que podía andar sin dolor. La catarsis es amiga de la verdad.

Le mandé hacer una gammagrafía ósea que ahora sé que nunca se hizo y le llamé pasado el fin de semana para saber cómo salió. Pero el resultado que me dio no fue ninguna prueba médica sino el de la prueba de los cien mil metros. Parece que aquella mañana de la carrera fue a la playa y trotó con muy buenas sensaciones en su pie vendado. Decidió correr. Pero, según me relató, en el kilómetro ochenta el dolor era tan insoportable que lloraba a lágrima viva. Es una pena sólo a vente kilómetros de meta, le dije, pero piensa que una fractura es una fractura y tenía que cobrarse su precio. Él me contestó que no se lo cobró, que llegó a meta. Por supuesto.

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