Aventuras de una runner. Viaje a Israel: Bible Marathon

“El deporte es capaz de establecer nexos de unión entre las personas”, nos cuenta Lucía
Lucía Fernández -
Aventuras de una runner. Viaje a Israel: Bible Marathon
Aventuras de una runner. Viaje a Israel: Bible Marathon

Muy poco sabía de la historia de este maravilloso país. Cosas obvias como que es Tierra Santa, que alberga las tres principales religiones monoteístas, y que fue escenario de casi todos los pasajes bíblicos tanto del antiguo como del nuevo testamento. He de reconocer que ahí acababa mi conocimiento de Israel, así como también reconozco que no me preocupé de preparar mi viaje demasiado a fondo. Trabajo, estudios y entrenamientos apenas me dejaron tiempo de leer en qué iba a consistir la aventura. Por otro lado, me atraía la idea de llegar como un lienzo en blanco, e intentar empaparme de todos y cada unos de los colores, olores y sabores de Israel. Y desde luego que no me decepcionó. Como colofón al viaje, el privilegio de haber participado en la Maratón de la Biblia. No se puede pedir más.

 

Pero vayamos por partes:

Tel Aviv y Old Jaffa

La llegada a Tel Aviv fue sorprendente. Tel Aviv es joven, aire fresco en un país que rebosa historia. Grandes avenidas con quioscos de comida, pubs que permanecen abiertos las 24 horas del día, multitud de parques y jardines, y la gente sobre la hierba comiendo, leyendo, niños jugando. Multitud de niños, y es que parece que este país goza de buena natalidad. Me encantó ver como también había muchas familias con perros. Y un detalle importante: la limpieza de la ciudad, es difícil ver un papel en el suelo. Además se toman en serio el tema del reciclaje, pues las papeleras están diseñadas para poder separar la basura.

Si tuviera que definir Tel Aviv con una palabra, creo que elegiría contraste. Contraste entre historia y modernidad, entre antiguo y nuevo. Es difícil definirlo con palabras, pero diría que en esta ciudad conviven como buenos vecinos edificios gastados por el paso de los años y modernos rascacielos. Todos en perfecta sinfonía que le dan a esta ciudad ese toque bohemio alternativo que tanto me ha gustado.

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Tuve la enorme suerte estos días de poder conocer la longeva ciudad de Jaffa (o Yafo en hebreo), a golpe de zapatilla. Tiene algo de especial poder conocer una ciudad corriendo, y más acompañada por la salida del sol con el Mediterráneo de fondo. Suena romántico, es una de las experiencias que me llevo de este viaje.

Descubrí el lugar con mi compañero Luis Arribas. Salimos desde el hotel situado en pleno paseo marítimo de Tel Aviv con la intención de hacer un trote premaratoniano que nos pusiera un poco “alegres” las piernas. La idea inicial pronto se nos fue de las manos, y es que era muy difícil resistirse a divisar las siluetas de las mezquitas y sus minaretes y no querer adentrarse a “cotillear” lo que escondían a sus pies.

Pasamos por delante del puerto pesquero y lo que queda de la antigua aduana, hoy convertido en zona de bares y tasquitas de pescadores.

Hay que tener en cuenta que Old Jaffa era hasta hace poco territorio musulmán. Con la salida masiva de árabes hacia Gaza, la antigua ciudad ha quedado como un barrio aledaño de la moderna Tel Aviv, donde conviven iglesias católicas, sinagogas y mezquitas, aunque puede verse en los bazares y mercadillos la influencia de los zocos moros.

 

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Masada y el Mar Muerto

Aún con la resaca de haber cruzado la histórica meta del Bible Marathon (y dicho sea de paso, con el ácido láctico acumulado por todos los músculos de mi cuerpo), nos disponíamos a viajar hacia el sureste del país para visitar las ruinas de Masada. La que fue una de las ciudades más importantes del pueblo judío hace 2000 años, símbolo hoy aún del carácter de las personas que aquí habitaron, permanece imponente en lo alto de una colina que nos regaló impresionantes vistas del Mar Muerto.

De camino desde Jerusalén hasta esta zona del país, mi cara empieza a tornar un gesto cada vez más sorpresivo, cuando vamos dejando atrás el verdor de cipreses y olivos, y empieza a predominar el color ocre del desierto. Yo, que pensé que había visto todo tipo de paisajes, ilusa de mi, desconocía que aún quedan imágenes con una capacidad tan aplastante de dejarme con la boca abierta de par en par.

Continuamos el camino, siempre en descenso, y es que el punto a dónde vamos, es el más bajo del planeta: 400 metros por debajo del nivel del mar hacen del valle del Jordán un lugar especial, rozando lo místico. Ya se divisa en el horizonte el Mar Muerto, y al fondo, Jordania nos saluda. Seguimos por el margen derecho del vasto lago hasta llegar a la mencionada Masada.

Para ponernos en precedentes: Masada fue el lugar de residencia del rey Herodes. Aquí construyó su coloso en forma de palacio fortaleza, prácticamente inexpugnable, y con una situación estratégica para los entresijos de poder de la época. Estamos hablando de 2000 años atrás. Y estamos hablando de construir edificios en una colina que está 200 metros sobre su base. Pues bien, si algo tiene de especial este lugar, es que, cuando el Imperio Romano avanzó en su conquista de estas tierras, sitiaron el lugar durante 40 días. Al saberse vencidos, el pueblo de Masada decidió suicidarse para demostrar a los romanos que jamás se rendirían ante su ejército. Pasaje histórico impresionante, como poco.

 

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Tras la sesión de historia, tocaba bajar de la montaña, y dirigirnos hacia el Mar Muerto, ¿alguna vez habéis tenido esa sensación de halo místico de un lugar? Pues eso fue lo que yo sentí al verme allí rodeada de esa extraña bruma.

Tocaba tiempo de relax, de disfrutar de los tratamientos naturales que en Mar Muerto nos ofrece. Bien untados en barro, nos hacemos la mascarilla corporal, y, seguidamente, el baño correspondiente en el agua con una mayor concentración de sales y minerales de todo el planeta. La sensación de no poder hundir el cuerpo es extraña, pero agradable. Y como no, las piernas agradecieron, y de qué manera, la inmersión.

 

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Jerusalén

Y cuando ya pensábamos que nuestras retinas habían llegado al tope de imágenes impresionantes, nos faltaba la guinda del pastel, Jerusalén, ¡qué puede decir una amante de la historia como yo!

Muy acertado de nuevo nuestro guía, Lior, quiso que comenzáramos la visita desde un sitio tan emblemático como es el Monte de los Olivos. Vista de privilegio de toda la Ciudad Vieja, actualmente el cerro donde tuvo lugar la más nombrada crucifixión de la historia, alberga un enorme cementerio de judíos.

Desde allí nos dirigimos hacia el centro histórico de Jerusalén, para comenzar nuestro particular Vía Crucis entrando por la Puerta de los Leones. Desembocamos directamente en la Vía Dolorosa, calle que Jesús recorrió portando la cruz, y donde tienen lugar las 14 estaciones según los hechos tan bien conocidos para los cristianos. Casi de manera imperceptible, llegamos al barrio musulmán, con su gran zoco.

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Es difícil explicar la sensación que te invade al pasear por este gran bazar, ya que toda gama de colores, olores y sabores se pueden encontrar en él. Fieles a sus costumbres, las gentes que habitan estas calles reciben al turista con los brazos abiertos y con la picaresca del regateo. De callejuela en callejuela vamos pasando hasta llegar a un paso de control, para poder acceder al barrio judío. Un pasadizo subterráneo nos lleva directamente a la gran explanada del Monte Moriah, lugar sagrado para las tres religiones monoteístas. Según el Corán, éste fue el sitio dónde Maroma subió a los cielos; para los cristianos, aquí se dieron lugar varios de los episodios de la vida de Jesucristo narrados en la Biblia; y para los judíos, según se cuenta en su Torah, aquí es dónde Abraham se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac.

Con tal cantidad de historias, estaba claro que este lugar no nos iba a dejar indiferentes. Y es que, hoy en día, en él se encuentra el archiconocido Muro de las Lamentaciones, centro neurálgico de culto hebreo. Estaba rebosante de fieles devotos que allí dejaban sus plegarias; el sentimiento de tanta gente, llegaba a traspasar la propia piel; no pude evitar emocionarme al contemplar la escena.

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Tras este momento de introspección, llegaba la hora de coger fuerzas. Y para una entusiasta de la cocina internacional fue un disfrute superlativo tener la oportunidad de comer en un pequeño restaurante familiar en el barrio musulmán. Humus, zataar, falafel… Explosión de sabores que nos hicieron disfrutar de lo lindo, y coger fuerzas para lo que nos esperaba.

Después del parón gastronómico, llegaba el momento de otra aventura, recorrer la zona nueva de la ciudad en Segway.

El día ya iba llegando a su fin, y con él, esta irrepetible experiencia.

 

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Realmente han sido días que nunca olvidaré. Me llevo de Israel la vivencia de haberme sentido parte de su historia. El haber podido observar la convivencia de grupos de gente tan dispares. Y , especialmente, la certeza de que el deporte es capaz de establecer nexos de unión entre las personas. Bible Marathon ha sido más que una carrera, y sin duda ésta que escribe, termina esta aventura, con la sensación de haber aprendido una de esas lecciones que hacen mella en el corazón.

 

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