Bible Marathon: Corriendo por la historia

"Para mí, la meta ese día no estaba bajo el arco.", nos cuenta Lucía
Lucía Fernández -
Bible Marathon: Corriendo por la historia
Bible Marathon: Corriendo por la historia

Aún con la resaca de ácido láctico en las piernas y la sobredosis de imágenes en la retina, me dispongo a plasmar en estas líneas lo vivido en la que, hasta la fecha, ha sido una de las carreras más emocionantes de mi vida.

Por todos es sabida la famosa pateada de Filípides para trasladar las buenas nuevas del campo de batalla, pero cuentan que hubo una antes, siete siglos antes, cuando los whatsapp se enviaban a través de valientes ataviados con poco más que unas sandalias. Ahí nace la leyenda del Maratón de la Biblia, cuando “corrió el hombre de Benjamín del combate, y llegó hasta Shilo ese día”. Esta vez las noticias eran bien distintas que las pronunciadas por Filípides, ya que el discurso era la derrota de la guerra contra los Filisteos. Quiso la casualidad que miles de años después, cuando el correr ya era cosa de “runners”, se midiera la distancia recorrida por el soldado desde Rosh Hahayim hasta la ciudad del Tabernáculo Shilo, obteniendo como resultado la mítica distancia de 42 kilómetros. Así nace la leyenda del Maratón más ancestral: el Maratón de la Biblia.

 

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Y ahora me toca hablar de lo vivido este pasado 6 de octubre. Y, ¿cómo hablar de algo que cuesta explicar con palabras? Caló hasta tan hondo la emoción de estar en esa línea de salida, que me faltan adjetivos para explicar todo lo que sentí. Gratitud. Mucha gratitud por tener la oportunidad de participar en esta carrera tan histórica que aún está naciendo, pues estamos sólo en su tercera edición. Como yo, otros 200 corredores y corredoras (los primeros en bastante mayor cantidad), aguardábamos la salida, aún cuando no asomaban ni las primeras luces del día. Eran sólo las 5:30h.

Había leído poco sobre la carrera, ya que quería llegar lo menos informada posible para poder conservar intacta mi capacidad de sorpresa. Y de qué manera….

Los primeros kilómetros son una continua subida que se hacen llevaderos por la euforia de la salida y el acompañamiento del pelotón de corredores. Llega el primer momento especial del día, y es que el sol nos saluda en el horizonte, y la luna se despide por detrás, dejando una estampa digna de las más maravillosa de las postales.

 

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Poco a poco, vamos entrando en la población de Samaria, corazón del territorio palestino. Contraste de paisaje y de gentes. Zonas rurales y campos inmensos de olivos. Personas de tez bañada por el sol y castigada por la vida en el campo nos miran atónitos desde sus puestos de trabajo. “Dónde van estos locos con estos ropajes tan chillones…”, pensarían.

Continúa el trazado en continua subida, mientras vamos saltando de un avituallamiento a otro, que, dicho sea de paso, no pueden ser más completos: agua, isotónico, geles, barritas, dátiles (creo que terminé mi carrera gracias a ellos), halva (dulce delicioso, de sabor entre mazapán y turrón, que se elabora a partir de la sémola del sésamo)…

Llegamos al punto medio de la carrera, aquí me despido del grupo en el que iba ya que todos se quedan en la meta de la media maratón. Así, toca afrontar un de los puntos más duros de la carrera, ya que me quedo sola, con una pronunciada cuesta por delante, y aún me queda media carrera. Es en este momento donde me tomo unos instantes para parar, respirar, y mirar a mi alrededor. Soy una privilegiada de poder estar aquí, voy a intentar disfrutar de la experiencia, e ir contando los kilómetros poco a poco. Por fin llega un poco de tregua en forma de cuesta abajo. Kilómetro 27. Y las vistas del valle que se abre ante nosotros son tan impresionantes que merece la pena tomarse unos segundos en grabar esa imagen en nuestra retina (y en nuestro smartphone)

Los kilómetros van pasando y a partir de ahora toca tirar de corazón, las piernas ya van rotas, y el trazado vuelve a tornarse hacia arriba. Estamos llegando al límite del territorio palestino. En uno de los últimos poblados, un grupo de niños sale de una casa a animar a las personas que pasábamos corriendo. Nos recuerdan que los niños, son niños, a un lado y a otro de los muros. Más allá de fronteras y alambradas, su inocencia no entiende de territorios ni política. Todos deberíamos ser un poco más niños a veces. Ellos no lo saben, pero consiguen darme fuerzas cuando ya casi no quedan depósitos de energía en mis castigadas piernas. Y gracias a este chute de moral, ¡consigo llegar por fin al kilómetro 40! Ya no puedo reprimir la lágrima que asoma por mis ojos, pues me acuerdo que hoy una parte de mi está pendiente de mi prima, ejemplo de mujer luchadora donde las haya, que se está sometiendo a una operación, y a la que quiero dedicar mi carrera.

Escucho por fin los vítores de la gente que se encuentran en la zona de meta. Ya me llega la música, la voz del speaker que habla hebreo pero aún así me emociona como si me estuviera recitando poesía. Últimos metros por el camino de acceso a la ciudad ancestral y por fin… la meta.

Llegar a meta en este lugar, es la guinda del pastel. Pasar por las ruinas de la que fue capital del pueblo Israelí durante más de tres siglos, la ciudad del Tabernáculo, que alberga a saber cuántas historias, a saber cuánta gente ha pisado estas tierras antes que yo… lo que estoy viviendo es simplemente espectacular.

 

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Y qué decir del post carrera... La zona ambientadísima, pues hoy es día de celebración en Israel. Cientos de familias que se han acercado a celebrar el Sucot o fiesta de las cabañas. Portan palmas y van ataviados con las ropas típicas del pueblo judío. Y de nuevo me llena de energía ver la sonrisa de los niños. Como sus vecinos musulmanes, sólo entienden que hoy es día de juego. Consiguen transmitir esa alegría que se ve aderezada con la música de fondo de Hanan Ben Ari.

Para mí, la meta ese día no estaba bajo el arco. La meta era estar aquí, en este país; viajar para vivir esta carrera histórica. En un país donde hay zonas en las que aún se mira raro a las mujeres que hacen deporte, donde muchas tienen que ponerse ropa más larga y menos ajustada para disimular su cuerpo por el hecho de ser mujer. Mi meta estaba allí, en demostrar que, aunque pocas, un grupo de mujeres conseguimos recorrer ese largo y duro camino para convertirnos en las “Benjamín Women” de este 2017. Y eso merece ser celebrado.

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