Correr la Behobia tiene un precio

Nunca habia vendido mis kilómetros de forma solidaria en favor de una causa hasta que me lo pidió la Fundación Síndrome de Dravet. El reto no era pequeño.
Begoña Beristain -
Correr la Behobia tiene un precio
Correr la Behobia tiene un precio

Esta edición de la Behobia San Sebastian ha sido muy especial para mi. Nunca habia vendido mis kilómetros de forma solidaria en favor de una causa hasta que me lo pidió la Fundación Síndrome de Dravet. El reto no era pequeño. Apenas tres semanas para conseguir recaudar 2.000 euros con los que poder ayudar a estos niños y sus familias, por ejemplo, a adquirir detectores de convulsiones nocturnas. Resulta que la enfermedad de Dravet es una especie de epilepsia que ataca en cualquier momento del día o de la noche y que imposibilita a los niños/as para llevar una vida de eso, de niño. También queda condicionada la vida de sus padres, obligados a vivir pegados a sus hijos las 24 horas porque no saben en que momento atacará el Dravet. Por eso era importante recaudar los 2.000 euros, para poder comprar esos detectores de convulsiones nocturnas y no tener que dormir junto a sus hijos.

Las redes sociales y la plataforma migranodearena.org han sido funamentales para conseguir el reto. En dos semanas lo habíamos cumplido y todos felices. 20 kilómetros de recorrido con la sonrisa puesta por haber ayudado a quien lo necesita. Feliz.

Pero no todo ha sido tan positivo. La Behobia de este año se recordará por el fallecimiento de un corredor tras entrar en meta y por la polémica sobre si quienes corremos nos preparamos suficientemente o no. El debate está servido. 

Se ha popularizado mucho la Behobia, todo el mundo quiere correrla porque sabe que en ningún sitio te vas a sentir tan atleta como allí. Miles y miles de personas animándote por tu nombre, aplaudiendo, empujando con sus ánimos. Te hacen sentirte como si fueses Martín Fiz el día que consiguió ser campeón del mundo de maratón.  El público se preocupa de ti hasta el punto de salir a las puertas de sus casas con mangueras de agua para refrescarte en días como el de hoy. He dicho muchas veces que no hay público como el gipuzkoano y después de lo vivido, me reafirmo. Ni un metro sin animadores a lo largo de 20 kilómetros. Animadores activos, que aplauden,  jalean,  alientan, refuerzan y motivan.

Pero no nos engañemos. Por mucho que te digan “en Behobia llegas a la meta sin querer, el público te lleva”, no es cierto. Lo que te lleva a la difícil meta al llegar a Donosti son tus piernas, tu corazón, tu cabeza y tu entrenamiento. De nada sirve tener a miles de personas gritando tu nombre si tu cuerpo no está preparado para asumir ese reto. Lo malo es que de tanto oírlo hay mucha gente que ha llegado a creérselo, que ha pensado “bueno, voy más o menos preparado, no he entrenado mucho pero el ánimo de la gente me hará llegar”.

Fue un día duro para correr. Yo entré en la meta sobre las 12 del medio día, cuando el termómetro marcaba ya 27 grados. Es un infierno correr así y a la menor señal que emita tu cuerpo de que no va bien, tienes que parar. No vale el pundonor de querer llegar si quieres alcanzar el final en buenas condiciones y no pagar un precio. A lo largo del recorrido vimos decenas de ambulancias atendiendo a corredores y a muchos que decidieron terminar el recorrido andando. El calor hizo estragos y no solo por lipotimias y cosas así sino también por problemas estomacales. A altas temperaturas la deshidratación es más rápida, bebes más y tu estómago no siempre lo tolera bien. Los baños estuvieron muy ocupados durante todo el recorrido. Hubo incluso quien no pudo llegar al baño.

Enhorabuena a quienes pararon o  abandonaron porque dieron una muestra de responsabilidad y de saber correr. No todo el mundo lo hizo.  No somos profesionales, somos corredores populares y por mucho que queramos alcanzar la meta, debemos ponerlo todo en su justa medida. ¿Merece la pena arriesgar la salud por hacer la Behobia?. Rotundamente NO. No hay reto que merezca jugarnos lo que más vale, nuestra vida.

En la línea de salida se oyen muchas conversaciones acerca de la preparación de los corredores. La típica pregunta de “¿Cómo llegas?” encuentra muchas veces respuestas como: “bua, llevo un mes sin correr” o “no he entrenado así que a ver que sale” y cosas así. A mi me da mucha rabia escuchar eso porque soy de la que se deja la piel entrenando y parece que es una tontería hacerlo. Pero se que no, que estar ahora, unas horas después de la carrera, escribiendo esto sin cansancio y sin ningún dolor se lo debo al entrenamiento, al volumen de kilómetros acumulado, a las series, al descanso y a la alimentación. O mienten mucho los corredores y entrenan más de lo que dicen o hay mucho inconsciente que se pone las zapatillas y el dorsal sin estar preparados. Quienes van así lo pagan, vaya que si lo pagan. “Cadáveres” se les llama a quienes van penando por el asfalto en las carreras y cada vez veo más. Eso quiere decir que  aumenta el número de osados que se creen que correr es fácil, que tu cuerpo lo aguanta todo. Y no.

Y otro asunto que a mi me preocupa especialmente. Los niños, niñas y animales domésticos en la entrada a meta. En el último kilómetro de la carrera se insistía por megafonía en que los corredores no se parasen a coger a sus niños y que fuesen directamente a meta. Pues nada, hay quien se empeña en hacerlo. En ese último esfuerzo que suponen los últimos metros de la carrera, la mayoría de los corredores echa el resto y va más rápido que en el resto del recorrido. Eso hace que si la persona que corre delante de ti se para de repente para coger a su niña o a su perro te obliga a ti a frenar. Y lo malo no es eso, lo peor es que ya ha habido casos de atropellos entre corredores por ese motivo. Acabará pagando el pato algún niño que caerá en el choque y se armará la marimorena con el asunto. Digo yo  si no sería más educativo que los niños viesen a sus padres o madres entrar en la meta después de un gran esfuerzo y soñasen con hacer lo mismo algún día. Una mirada, un choque de manos, bastarían para dedicarles tu carrera. No es necesario que crucen la meta. Eso es para quienes se han sacrificado y han entrenado para conseguirlo. Creo que esta sería una buena lección sobre la cultura del esfuerzo. Ahí lo dejo. 

Lo último que quería comentar sobre lo visto en la Behobia se refiere a los corredores inflitrados, los que van de gratis, los que se cuelan. Me cuenta el corredor catalán Txabi Albert que a su lado en el momento de recoger la medalla había un participante sin dorsal. Fue a por su premio y una vez que lo tuvo colgado del cuello, alguien le preguntó por su dorsal. Contestó que no, que no tenia, y el miembro de la organización le instó a devolver la medalla. Se la quitó, la entregó y se quedó tan campante. Esa es otra de las lacras de las carreras, la gente que se cree más lista que los demás y corre gratis. Eso sí, se avitualla, recoge medallas y todo lo que den. No son más listos que los que pagan, son solo unos sinvergüenzas.

Hasta aquí lo que ha dado de si la Behobia. Correrla otra vez me ha servido para reafirmar que en Nueva York tienen su maratón y en Euskadi, tenemos la Behobia. ¡Hasta el año que viene!

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