Heroínas Anónimas: Ana Bordallo

“He recuperado las ganas de apuntarme a todo y me he despedido, espero que para siempre, de la apatía”, nos cuenta Ana.
Ana Bordallo -
Heroínas Anónimas: Ana Bordallo
Heroínas Anónimas: Ana Bordallo

Creo que suspendí educación física más veces de las que aprobé. En general, se me han dado y se me dan fatal los deportes: me da vértigo esquiar; miedo los balones y tengo poco equilibrio, puntería o coordinación. En cambio, siempre me ha encantado andar; con y sin peso; en la playa, en la montaña o en un parque; da igual. Me ayuda a concentrarme y a lo que comúnmente se llama ¨poner en orden los pensamientos¨. Correr, no obstante, siempre fue otra cosa. A decir verdad, era lo que menos me disgustaba del mundo deportivo, pero seguía exigiendo ¨ponerse el chándal¨, aprender una técnica y lavarse el pelo dos veces por semana. En aquel entonces, una pereza.

Mentiría si dijese que no empecé a correr por obligación. De hecho, si echo la vista atrás, así veo los comienzos, como una pura exigencia personal. Hará algo más de ocho años que, tras mucho meditarlo, me levanté una mañana con la decisión tomada: tenía que aprender a gestionar todo aquello que me causaba malestar físico y mental. Hablo especialmente de esa cuenta de calorías ingeridas menos calorías desgastadas y del vacío interior de no tener una afición sana para llenar el tiempo libre. Sí, necesitaba algo con lo que poder emocionarme y retarme. Quería poner en movimiento cuerpo y mente, palpar el esfuerzo real y crear un hábito con el que identificarme, independientemente de que lo practicara sola o acompañada.

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No se me olvidará mi primer kilómetro. Abrigada hasta las cejas, mi intención era correr por El Retiro y me cansé antes de llegar a la puerta. Volví a casa agotada y con esa sensación amarga de quién ¨me manda a mí¨ y ¨en qué momento¨. Sin saberlo, ese día había cruzado mi primera meta: la del cambio.

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Los primeros años calzarme las deportivas fue una vía de escape. Es más, lo recuerdo como mi momento favorito del día. Por un rato, cada vez más largo, no había pensamientos negativos, preocupaciones o nervios. Solo disciplina, buenos propósitos, energía y salud.

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Después, llegó el día en el que hice las paces con aquella intranquilidad: correr dejó de ser una manera de huir de los problemas y se convirtió en un verdadero placer integrado dentro de mi rutina. Desde entonces, me sentí con ganas de prepararme carreras populares y de empezar a trabajar musculatura a diario. Terminé mis primeros 10k en la San Silvestre Vallecana de 2014 y 21k en la Media Maratón de Madrid de 2016. Me picó el gusanillo de llevar un dorsal y me lo volví a colgar en Valencia, Salamanca, Behobia - San Sebastián o Alicante. Decidí sumarme también al mundo del trail y superé, en enero de 2017, el Cross Alpino Cebrereño.

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El día de la Maratón de Madrid de 2017, con la camiseta azul de los 21k puesta, me propuse que, al año siguiente, yo también luciría un 42 gigante.

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Una semana después, a principios de mayo, me detectaron tres intolerancias (gluten, lactosa, fructosa - sorbitol), helycobapter pilori y gastritits crónica. Cuando me lo comunicaron, no dediqué mi primer pensamiento a las restricciones en la comida (una larga lista que aburre a las ovejas), sino a que las muchas prohibiciones (en alimentos que eran tan básicos para mí) me causarían ausencia de fuerza para entrenar todos los días y para rendir después en el trabajo (por esa falsa creencia de que el azúcar es el alimento del cerebro).

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Ya ha pasado año y medio de aquella visita al doctor, es decir, un año y medio sin probar el cocido, la paella, los espaguetis boloñesa o las uvas de Nochevieja. A cambio, un 2018 lleno de éxitos personales: mi primera maratón; mis primeros 100k en 24 horas y mis mejores marcas en los 10K y 21K. Un año y medio en el que he recuperado las ganas de apuntarme a todo y me he despedido, espero que para siempre, de la apatía.

Creo que no me equivoco al decir que me quedan muchos kilómetros por correr; muchos arcos que atravesar y muchos objetivos que marcarme. Si algo me ha enseñado este deporte es a emocionarme más por planificar las carreras y entrenarlas que por colgarme después las medallas y, es precisamente esa ilusión tan cotidiana por la que me ato los cordones cada mañana.

Y esa ilusión es la que nos has trasmitido a raudales y que no debemos perder nunca... por baches o piedras que nos encontremos en el camino; debemos superarlas con todas nuestras fuerzas e intentar salir más reforzadas. ¡Cómo te vas a equivocar Ana! Tienes en el horizonte infinitos retos que cumplir y metas que cruzar, ¡puedes con todo lo que te propongas y más!

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