Heroínas Anónimas: Irene Liñán Vega

“Vencer al cáncer es seguir viviendo, a pesar de las dificultades; y yo, lo había conseguido, en parte, gracias al running”, nos cuenta Irene
Irene Liñán Vega -
Heroínas Anónimas: Irene Liñán Vega
Heroínas Anónimas: Irene Liñán Vega

Mi nombre es Irene, soy mamá de una niña de casi nueve años y de un niño de casi seis y estoy casada. Trabajo como responsable de administración y siempre me han encantado los retos y el afán de superación.

Siempre hay un porqué cuando se empieza a correr. Quería un cambio de hábitos en mi vida y sabía que ese cambio implicaba volver a retomar el deporte, el cual dejé tras mi segundo embarazo. Lo que había hecho siempre estaba relacionado con actividades dirigidas en gimnasios, step, aerobic, spinning…. Cuando veía a la gente correr por la calle los admiraba, aunque pensaba que eso no estaba hecho para mí. Lo veía como un sufrir intenso por el impacto que tenía.

 

Comencé a ver al pediatra de mis hijos subir sus carreras a Facebook entre comentarios sobre el bienestar fisiológico y mental que le proporcionaba. No sólo en Facebook, sino que también me habló de las bondades del running en la consulta, y de la cultura del esfuerzo. Empecé a madurar la idea de correr hasta que pensé que la mejor forma de saber si eres capaz de algo es intentándolo; lo decidí y fui a comprarme mis primeras zapatillas para empezar. El primer día fue nefasto (como el de casi todos), ni un minuto puede aguantar el trote. Aprendí dos cosas: primero que debía dejar el tabaco porque era incompatible y, segundo, que aquello no iba a ser cuestión de una semana.

Empecé a intercalar bicicleta con caminatas en las primeras semanas, hasta que empecé a darme cuenta que cada vez me encontraba más ágil con la bici. Las caminatas pasaron a un trote intercalado muy suave, pero más llevadero y extenso que ese primer día fatídico. El ánimo iba aumentando y cada vez me sentía mejor. Además se había convertido en mi mejor terapia antitabaco.

Tres meses más tarde conseguí hacer mis primeros 10 kms, y no podía parar de llorar de la emoción. Pero llegó la primavera y sufrí un asma estacional que me paró. Me molestó mucho, ya que había cogido el hábito y lo echaba en falta pero no podía hacer otra cosa que cultivar la paciencia.

Llegó septiembre de 2015 y con él la normalidad. Vi la existencia de la Carrera de la Mujer, que eran 5 kms y pensé que era una buena manera de regresar. Preparé la carrera y en dos semanas, con mi amiga Virginia, hice la que fue mi primera carrera con dorsal. Muy emotiva, además de sentar el precedente para los años posteriores.

Pero quise dar un paso más. La ciudad me enerva en ocasiones, y pensé que una forma aún más sana de correr era hacerlo por la montaña. Acompañada de mis amigas, Elisa, Virginia e Inma, empezamos a conocer senderos de nuestra sierra a través de la práctica del trailrunning. Estaba enganchada, correr formaba ya parte de mi vida.

Con mi amiga Elisa hice mi primera carrera de trailrunning de 12,5 kms. Se me hizo muy dura, pero altamente gratificante completar el que fue mi primer gran reto.

 

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Escuché una vez que correr es el único deporte en el que se compite contra uno mismo. Y en mi mente tenía un sueño, aunque lo veía muy lejano, y era hacer la media maratón de asfalto de mi ciudad. Después del primer trail se me pasaba por la cabeza, pero la falta de velocidad y de preparación me hicieron desechar la idea a corto plazo.

Sin una planificación, corriendo en plan amateur, pronto las lesiones aparecieron. La periostitis no me dejaba tranquila; cada vez que empezaba a coger ritmo, lesión al canto. Desesperada y a punto de abandonar, en julio de 2016 decidí ponerme en manos de un entrenador para empezar a sacarle más rendimiento a mi tiempo, y sobre todo con garantías. Cuando fui a verlo la primera vez me dijo que me tenía que fijar una meta, un reto: "¿Qué te gustaría hacer?". "Mi sueño es hacer una media maratón"... La de Córdoba era a finales de noviembre, así que me dijo que estábamos a tiempo. ¡A por ella!

En pleno verano cordobés y con temperaturas saharianas, sólo podía entrenar a las 6 de la mañana, antes de entrar a trabajar, o a última hora de la noche con el cansancio acumulado del día y el fuego que salía del asfalto. Fue un mes y medio muy duro, pero mi ilusión y mis ganas eran mayores. Llegaba septiembre con la esperanza de que bajaran las temperaturas y fuera todo un poco más fácil, pero la vida me tenía preparada una dificultad mayor.

En dicho mes, septiembre de 2016, cuando iba a enfrentar la segunda parte de mi preparación para la media maratón, un cáncer de mama se presentó en mi vida. Fueron unas semanas muy duras, entre pruebas, hojas de ruta, asimilar y aceptar el diagnóstico, pero cuando fui a la consulta del oncólogo para que me explicara los tratamientos le pregunté: “¿puedo seguir corriendo?” En este campo no son muchos los que se mojan, pero después de negociar me dijo: "puedes trotar pero sin fatigarte en exceso". Y eso fue lo que, en parte, hice; y digo en parte porque los que corremos a veces no tenemos medida.

Entre ciclo y ciclo de quimioterapia, mi Orfidal diario era correr. Era el único momento en el que me sentía una persona normal, evadiéndome de la enfermedad, sintiéndome sana aunque no lo estuviera. En el mes de noviembre participé en la Carrera del Cáncer, de 6 kms, acompañada y arropada de mis amigas que quisieron estar a mi lado. Un mes y medio más tarde, hicimos los 10 kms de la San Silvestre para despedir 2016 disfrazadas de Rosie the Riveter, y con un lema muy claro: “We can do it”.

 

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El año 2017 se presentaba intenso. Me quedaban 8 ciclos semanales de quimioterapia, una operación y radioterapia para completar el tratamiento principal de la enfermedad. El año anterior, con una periostitis, no pude hacer una media maratón de montaña, así que este año, y pese a no estar en el mejor momento físico por las secuelas de los tratamientos, decidí aventurarme. No llevaba como objetivo un tiempo, sino simplemente terminar (el tiempo de finalización era extenso, sabía que entre trote y andar la terminaría). Así que me inscribí en la media maratón de trail La Alpargata.

Cuatro días después del séptimo ciclo de quimioterapia allí estaba, en la línea de salida; tenía una necesidad física, pero sobre todo moral, de hacerla. Estaba ya harta de que en un principio las lesiones me hubieran impedido disfrutar, y de que ahora el cáncer me limitara. Completé mis 21 kms montañeros, y con las dos rodillas lesionadas. Como en breve tenía la operación, decidí aparcar correr hasta recuperarme de la cintilla iliotibial, y luego del postoperatorio.

 

Se me hizo cuesta arriba porque como comenté antes, correr se había convertido en mi orfidal diario. Después de someterme a una doble mastectomía, vaciamiento axilar y extirpación de ovarios y trompas, comencé con mi recuperación postoperatoria tres semanas más tarde. Estábamos metidos en finales de mayo, y de nuevo el calor estaba presente, fue como empezar de nuevo.

Me costó un mes ser capaz de hacer 30 minutos de carrera continua. Mi cuerpo estaba muy mermado, oxidado, atascado. Pero de nuevo el sueño de la media maratón de asfalto se instaló en mi cabeza; era junio, tenía hasta noviembre para prepararme. Además mi objetivo sería tan sólo sería acabarla. Recién salida de todo era impensable hacer entrenamientos exigentes. Compré mi dorsal y me puse manos a la obra.

Entre tanto las sesiones de radioterapia empezaron a hacer nuevamente efecto en mi cuerpo. Pesadez, cansancio, fatiga, pulsaciones muy altas, y también madrugones porque no me podía dar el sol. El verano fue muy duro, y casi con idea de abandonar, pues lo que antes me suponía un avance, ahora era sufrimiento en estado puro y sin conseguir grandes metas. Durante mi preparación lloré en muchas ocasiones. Lágrimas por un lado de emoción por pensar en conseguir mi reto a pesar de las dificultades, pero también de impotencia y rabia por todo el esfuerzo empleado.

Llegó noviembre y con él la fecha de mi gran reto. Nuevamente, acompañada de mis amigas, nos pusimos en la línea de salida, entre lágrimas de emoción y una ilusión enorme. Y empecé…empecé a correr envuelta por un ambiente de entrega del personal que animaba por las calles,   envuelta en los pensamientos de todo lo que había pasado durante este año, de esos litros de quimioterapia que recorrieron mi cuerpo, de esa cirugía que me robó mis pechos, mis ovarios y una parte de mi autoestima; en esa radioterapia que me quemó y me dejó cansada hasta el punto de sentirme una señora de 80 años; de esa pastilla hormonal que tomo, que me da insomnio y sofocos; de esas compañeras de camino que he conocido, mujeres maravillosas llenas de vida….de cada gota de sudor que he derramado para poder correr ese día y poder estar cumpliendo mi sueño cuando el año de antes estaba temiendo por mi vida…

Me dejé envolver por el apoyo de mi pareja y de mi familia por hacerlo también posible, por restar horas y horas de entrenamiento a ellos, por la confianza que depositaron en mí…y así fue como, kilómetro tras kilómetro, acabé cruzando la línea de meta de mi primera media maratón de asfalto. En ese momento entendí que vencer al cáncer es seguir viviendo, a pesar de las dificultades; y yo, lo había conseguido gracias, en parte, al running.

A partir de ahora, si la enfermedad no me para, sé que seré imparable. Y con próximo reto a la vista, 25 kms de montaña.

 

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¡Eres y serás imparable Irene, ante cualquier circunstancia; y conseguirás cada reto que te propongas tanto en la vida como en el deporte! Los 25k de montaña se te quedarán cortos… ¡ya lo verás campeona!

Nos has dejado emocionado a la vez nos has transmitido una fuerza, coraje y garra infinita. Muchas gracias por abrirnos tu corazón y relatarnos esa valiente lucha contra una enfermedad cruel, eres un ejemplo para todas nosotras, ¡enorme lección de vida!

 

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