Heroínas Anónimas: Lucía Fernández

“Quiero disfrutar. Sentir como mi cabeza me va marcando límites, y mi cuerpo es capaz de sobrepasarlos. Sentir que le voy ganando la batalla a los miedos, y extrapolar esa sensación a todos los ámbitos de mi vida.”, afirma Lucía
Lucía Fernández -
Heroínas Anónimas: Lucía Fernández
Heroínas Anónimas: Lucía Fernández

Correr me ha enseñado a vivir. Tal vez esta sea la frase que mejor resume lo que este deporte supone para mi. Esta es la historia de mi vida como corredora. Historia que tiene un principio y un final que, espero tarde muchísimos años en llegar. Porque mi principal objetivo en este deporte es llegar a ser una runner-abuela, feliz de disfrutar de una pasión: correr.

 

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Pero empecemos por el principio. Era yo una “renacuaja” de 8 años cuando mis padres vieron la necesidad de apuntarme a alguna actividad extraescolar por aquello de que la niña era inquieta. Comencé en el equipo de patinaje de velocidad del colegio, pero viendo que era más diestra sin ruedas que con ellas, pronto desistí de mi empeño en convertirme en patinadora. En aquella época en mi colegio, las niñas hacían patinaje o ballet. Quise entrar en el equipo de fútbol, pero por aquel entonces sólo permitían niños, así que fue cuando me decidí por el atletismo. Junto con dos niñas de mi clase, fuimos las primeras que se apuntaron al equipo de atletismo. Hablamos del Colegio Fozaneldi de Oviedo, allá por el año 1991. Entonces aceptábamos que el fútbol era cosa de niños, y nos conformábamos con jugar en el recreo. Nadie discutía tal cosa. Pero en atletismo, pese a ser un deporte “más de chicos”, permitían que acudiéramos a los entrenamientos. Pronto empecé a cogerle gusto a esto de correr, pero sobre todo, el atletismo me parecía muy entretenido, y una fuente inagotable de diversión: podías correr, saltar, lanzar, marchar… era muy difícil no encontrar una disciplina que te gustara. Yo empecé a decantarme por los saltos horizontales: longitud y triple salto.

Estábamos en los prolegómenos de un año glorioso para el atletismo español. En 1992 supe por primera vez lo que era tener un ídolo. Difícil no vibrar de emoción con aquella final de los 1500 con Fermín Cacho. Creo que esa es una de las imágenes de todos los aficionados de mi generación. Un año que marcó un antes y un después en el atletismo español. Recuerdo que antes de las olimpiadas, visitó mi colegio otro grande: Jordi Llopart. El fin era atraer la afición a la marcha atlética entre los más jóvenes. Una de las cosas que más me chocó de Barcelona 92, fue darme cuenta que las mujeres no participaban en 50km marcha, prueba de la que nos había hablado tanto Jordi Llopart, y que me había atraído bastante. Quién me iba a decir, que 25 años más tarde aún no hemos visto a ninguna mujer olímpica en dicha distancia…

Llegó la primera competición. Con ella, el recuerdo imborrable del olor a tartán. Con unas zapatillas de clavos 3 números mayores, que habían de servirme para años venideros, debuté por primera vez en una pista en la prueba de los 60 metros lisos, categoría alevín. No se me daba mal eso del sprint, pero no estábamos en edad de centrarse en una sola prueba, así que ese año probé: velocidad, fondo, saltos tanto horizontales como verticales y lanzamientos. Me fui perfilando poco a poco como velocista y saltadora, hasta que tuve que abandonar los saltos el año que me pusieron un corsé que me cubría todo el tronco. Pese al empeño de mi traumatóloga porque cambiara el atletismo por la natación, yo seguí en mis trece. Era sólo cuestión de adaptar el tipo de pruebas que haría a mi nueva situación. Ya no podía saltar, no podía salir de tacos, pero nada me impedía correr en pruebas en las que se salía de lanzado (es decir desde la posición de pie). Fue como comencé a correr distancias más largas. Así, en categoría infantil mi corsé y yo logramos quedar campeones de Asturias y ser seleccionados por la Federación Española para mi primera concentración.

Empecé a darme cuenta de que el auténtico regalo de este deporte no eran las medallas ni los logros deportivos. El auténtico tesoro es todas aquellas personas que íbamos conociendo campeonato tras campeonato. Amistades que compartían esta pasión por este bendito deporte. Amistades que me regalaron momentos únicos, viajes, confidencias, con quienes compartí alguna que otra pena cuando venía alguna lesión… Fueron pasando los años, sucediéndose las competiciones y los viajes, incluso alguna medalla en el camino, y llegó el momento de pasar a la “edad adulta” y decidir seguir estudiando y dejar un poco de lado el atletismo. La carrera que elegí (enfermería) hacía muy difícil seguir entrenando a alto nivel, por lo que seguí entrenando en los ratos libres por mantenerme, más que por otra cosa. Tenía claro que quería aprovechar mis primeros años laborales para trabajar mucho, ganar experiencia y seguir formándome, por lo que cada vez veía más lejano invertir horas en una pista de atletismo. Coincidiendo que en aquella época me instalé en El Escorial, mis entrenamientos cambiaron el asfalto y la pista por los caminos y senderos del Monte Abantos, y una nueva pasión nació: estaba descubriendo el trail. Trabajase en el turno en que trabajase, siempre sacaba hueco para perderme por los alrededores de la Herrería, y poco a poco mi cuerpo me iba pidiendo llegar un poco más allá. Era tal la sensación de euforia y buen humor que aquello me producía, que tenía la sensación que no había ninguna situación en mi vida que no mejorase después de correr unas horas por la montaña. A día de hoy sigo pensando lo mismo.

 

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Los caminos de la vida me trajeron a Sevilla, ciudad dónde resido actualmente, y donde he conseguido unir en un trabajo las dos cosas que más me gustan: salud y deporte, ya que desde hace tres años compagino mi trabajo de enfermera con la dirección de mi propio centro de Pilates, Te Cuida Pilates. A pesar de no tener la montaña cerca, sigo con las mismas ganas (o más) de que llegue el día libre para acercarme a mi rinconcito especial de la Sierra de Grazalema y hacer mis entrenamientos. Correr por montaña ha hecho que descubra sitios increíbles. Lugares incuso de mi tierra (Asturias), que antes no conocía y que ahora disfruto el doble. Me he pateado Picos de Europa, Sierra de Guadarrama, Gredos, Sierra Nevada, Grazalema y un largo etcétera, y no me canso de mirar esos paisajes y sentir la conexión especial que tengo con la naturaleza. Y por supuesto, la competición en el trail es especial. No hay más rivales que tú misma, tú y tus miedos que salen a jugarte la partida en cada carrera. Por eso cruzar una meta de un trail, o máxime de un ultra trail es tan emocionante, que eres capaz de pasar de la risa al llanto y del llanto a la risa en cuestión de segundos.

Uno de esos momentos lo viví al ser finisher de Transgrancanaria Advance, mi primera ultra.

 

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Desde entonces hasta hoy, mi objetivo no ha cambiado. Quiero disfrutar. Sentir como mi cabeza me va marcando límites, y mi cuerpo es capaz de sobrepasarlos. Sentir que le voy ganando la batalla a los miedos, y extrapolar esa sensación a todos los ámbitos de mi vida. Y me gustaría que estas líneas sirvieran a muchas mujeres a quitarse las inseguridades y complejos, calzarse unas zapatillas, y dejarse llevar por su naturaleza de mujeres luchadoras, cosa que me gusta transmitir a mis alumnas de Pilates allá dónde voy. Es por eso que siempre he dicho, y siempre diré, que correr me ha enseñado a vivir.

 

Lucía, tienes una pasión por este deporte que traspasa cualquier pantalla de ordenador… serás una runner abuela sin dudarlo, ¡y desde aquí esperamos contarlo! Pero antes tiene infinitas metas que conquistar.

Tu tesón, capacidad de esfuerzo, positividad, valentía, coraje… y muchísimas cualidades más te harán llegar tan lejos como te propongas; ni tu cabeza, ni tus piernas, ni por supuesto tu corazón, tienen límites.

Tuve la suerte de compartir contigo maravillosos años como atletas desde que teníamos 13 años… y aunque la humildad te puede y no nos lo has detallado, has conseguido muchas medallas y grandes triunfos.

Este deporte necesita “almas” como la tuya.

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