La liberación de la mujer en zapatillas

La autora de "En zapatillas a los 40" nos explica lo que para ella ha sido la liberación de la mujer en zapatillas
Virginia Lancha -
La liberación de la mujer en zapatillas
Sin tacones a los 40

Corro desde niña y nunca tuve inconveniente en acudir con mis Pegasus a cualquier sitio. De repente crecí, así de golpe y el día que tuve que acudir por primera vez a una entrevista de trabajo  mi madre me dejó unos zapatos con un tacón de esos que ni mucho ni poco que me hacían caminar como si lo hiciese sobre lentejas. Yo le expliqué a mi madre que no entendía qué tenían de malo mis botines con tachuelas y mi madre, una mujer expresiva como pocas, alzó una ceja y predijo:

“Si pretendes trabajar en esa oficina y además quieres ser tomada en serio,  debes llevar tacón y un traje de chaqueta con una camisa (preferiblemente blanca)”

Con diecinueve años y ninguna experiencia laboral a la espalda, no estaba en disposición de corregir a  mi madre, pero llevar zapatos náuticos no había impedido a mi padre tener un puesto de responsabilidad en su empresa y yo también tenía unos náuticos. Como no quería líos me puse los zapatos que me ofrecían y sin rechistar marché:  tardé “cero-coma” en descubrir que   todas las chicas que acudieron a la misma entrevista llevaban traje y zapatos de tacón, como yo.

Bobbi Gibb y Kathrine Switzer se calzaron unas zapatillas cuando las mujeres no solían hacerlo. No se las pusieron porque las grandes cadenas textiles hubieran impuesto como tendencia primavera – verano el look runner, lo que tampoco habría tenido nada de malo, si no que lo hicieron porque las necesitaban para correr y para romper una barrera invisible que nadie,  hasta la fecha, había conseguido derribar:  Bobbi Gibb y Kathrine Switzer decidieron correr la Maratón que se celebró en la ciudad de Boston en 1967, una prueba deportiva que, en aquellos tiempos, no podía entenderse  como mixta, reservándose su gloria  a los hombres de la época.  Bobbi  (Roberta Gibb), decidió correr sin dorsal mientras  Kathrine decidía inscribirse camuflando su género e identidad bajo el lema K.V Switzer. Y corrieron y ambas consiguieron su objetivo. 

La historia reconoció a Switzer el mérito de ser la primer mujer en cruzar la meta de aquella prueba reina de la larga distancia, dado que su imagen en blanco y negro quedó para siempre registrada en la filmoteca histórica de la época. El testimonio del escandaloso atrevimiento de Switzer pasó con el paso del tiempo a ser el testigo de su valentía para escarnio de todos aquellos  que la increparon por su desafío a los convencionalismos imperantes. Bien es cierto que  fue Bobbi Gibb la primera mujer en alcanzar la línea de meta. De hecho lo consiguió una hora antes  de que lo hiciera Kathrine, pero aún  tuvo que esperar años para ser reconocida como la primera mujer que finalizó la Maratón de Boston. Lo relevante del caso, a mi entender, no es el orden en el que aquellas mujeres consiguieron su objetivo ni las marcas que lograron aquel día, sino el hecho de que, en  cierta forma ambas vencieron en aquella ocasión, porque ya fueron vencedoras al atarse las zapatillas y lanzarse al asfalto que las hizo libres una mañana de 1967, en la ciudad de Boston.

Mi madre lleva ahora unas Nike Vomero para ir a la compra. Dice que son cómodas y que no necesita quitárselas cuando llega a casa, que puede pasar todo el día con ellas puestas y que además le parecen muy cucas y que le combinan con todo. Me hace feliz escuchar a mi madre en su defensa a ultranza de las zapatillas de deporte a las que tanto se resistió. También me alegra poder acudir a mi oficina con la indumentaria que me plazca siempre y cuando no emule a Carmen Mirada . Han pasado 23 años de aquella malograda entrevista de trabajo y aunque han sido muchos los avances en materia de igualdad, esta semana nos hemos desayunado con la noticia de  una mujer que fue despedida de su trabajo por el simple hecho  de protestar ante la obligatoriedad de ponerse unos zapatos de tacón  para estar tras el mostrador de la recepción de un hotel: ni siquiera osó ponerse unas deportivas, propuso unas bonitas bailarinas negras de punta fina y corte elegante, pero ni por esas. Imaginad lo que la hubiesen llamado si se le ocurre  acudir con unas Saucony Ride 8 en coral flúor y con cordaje amarillo: el apocalipsis se nos queda corto.

Cualquiera que se haya visto obligada a permanecer ocho horas de pie derecho sabe lo cansado que resulta, cuanto más si lo tienes que hacer alzada sobre unos tacones, por mucha silicona que le metas a la plantilla y mucha plataforma escondida que lleve: el dolor de pies y de espalda termina siendo una realidad objetiva lo que, sin duda, termina afectando al rendimiento y por tanto a la productividad laboral.

El aspecto físico es importante, no seré yo la que diga lo contrario, de hecho muchas personas se inician en el running para mejorar el suyo pero, ¿nos convierte en mejores profesionales una indumentaria impuesta y que no es necesaria para la correcta ejecución de una función? Llamadme loca pero aunque ninguna Universidad, ni de Iowa ni de Wisconsin, haya publicado nada al respecto, es muy probable que no.

Como runner que barre para casa, me atrevo a pensar:  ¿Y si por un día todos pudiésemos realizar nuestra labor profesional en zapatillas de deporte? ¿Imaginamos los viernes en zapatillas? Probemos a educar la vista de  esta sociedad que parece que comienza a tunearse en colores flúor y sabe lo que es  supinar, pronar, el drop y el upper. Probemos a ponernos #EnZapatillasLosViernes, a ver que pasa. Quizás alguien caiga en la cuenta de que  se pueden vender pisos a lomos de unas voladoras que peguen con nuestra falda. Bendita locura, ¿no?

¿Por qué las azafatas de las compañías aéreas tienen que alzarse ocho centímetros sobre el suelo si resulta que llegan perfectamente a los departamentos para el equipaje? Es un misterio al que nunca me han respondido nadie de una forma razonable. ¿Y si nos lo preguntamos todos a la vez?

Hay personas que creen que la indumentaria conseguirá que rompamos el techo de cristal que en la actualidad mantiene a muchas mujeres  un escalón por debajo de los hombres a nivel salarial. A veces nos subimos a unos tacones con el ánimo de alcanzar ese techo y lo hacemos, pero no lo rompemos, solo lo acariciamos al ponernos de puntillas, lo cual da bastante rabia.

Bobbi Gibb y Kathrine Switzer se calzaron unas zapatillas de deporte y descubrieron que aquel calzado les permitía subir los mil escalones de las escaleras de emergencia que llevan a la última planta del edificio de la igualdad, la que hasta la fecha, suelen frecuentar los hombres. Se dieron cuenta de que resulta más fácil subir escalones en zapatillas que hacerlo pingada a unos stilettos de 15 centímetros.

Adoro cada uno de mis zapatos de tacón alto y me deleito en el  perfecto placer que supone elegirlos, probármelos y alzarme sobre ellos para caminar con determinación por la calle de una de tantas primaveras. Juro por Blahnik que tengo más de los que necesito,  pero es mayor el placer que me confiere saber que cuando me los pongo lo hago por gusto y  no por obligación y que no soy otra cuando lo hago, si no la misma pero de puntillas.

El día que una mujer pueda mirar el mundo desde la altura que le venga en gana porque no necesite esos 15 centímetros extra para ser vista, habremos alcanzado todas a la vez la meta de la Maratón de Boston.  Mientras tanto, habrá que seguir intentándolo.

TRES…DOS…UNO…RUN!

Virginia Lancha autora de #EnZapatillasALos40

 

 

 

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