Una tendencia que nos va a matar

"Estamos en una sociedad polarizada, mientras una parte de la población se empeña en cuidarse, contar cada caloría, comer lo más sano posible, hacer deporte a cualquier hora; las pautas de alimentación generales son cada vez de peor calidad", afirma Marta
Marta Pérez Miguel -
Una tendencia que nos va a matar
Una tendencia que nos va a matar

Tenemos un problema. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud, casi un 40% de la población mundial adulta tiene sobrepeso, llegando un 13% de ésta a padecer obesidad. Las cifras en España son del 39% y el 22% respectivamente. Esto es un problema de salud pública, una tendencia colectiva de toda la sociedad que ha alcanzado las dimensiones de epidemia. No se trata de una cuestión estética, ni de seguir unos cánones de belleza establecidos. Que viva la naturalidad, la diversidad de formas, de medidas, de colores. Las arrugas, el pelo, el acné, las cicatrices, las canas, la calvicie, la flacidez, las estrías y la celulitis. Pero llegar a normalizar la obesidad es peligroso. Supone olvidarnos de sus implicaciones, de sus consecuencias negativas para la salud, de que la acumulación excesiva de grasa, a veces, mata. Y la mayoría estaríamos de acuerdo en que hay que relativizar la importancia del físico, pero prácticamente todos lo estaríamos también en que la salud sí es importante. Lo más, de hecho.

Al tratar este tema muchas veces ponemos el foco en lo individual. Pero creo que esta lectura no es completa, ni justa, ni suficiente para hacer frente al problema. En última instancia está aquel que, patologías aparte, engorda porque come mucho, mal o se mueve poco. O las tres a la vez. Sin embargo, alrededor hay muchos otros factores que contribuyen de forma esencial a que la prevalencia de la obesidad se haya triplicado en los últimos 40 años.

 

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Últimamente han aumentado los programas de televisión en los que mediante dieta y ejercicio se enseña a adelgazar a personas que hace muchos años que dejaron de estar en un peso saludable. Sin embargo, resulta sorprendente ver, cómo inmediatamente después, el espectador es bombardeado con anuncios de alimentos no recomendables para la salud; cómo en medios de comunicación, vallas publicitarias, autobuses, paneles luminosos…nuestro cerebro no para de ver comida basura.

Existe una sobreproducción y sobreexposición a alimentos procesados ricos en calorías y grasas, también en el supermercado. Por supuesto que hay un estricto control sanitario para que sean seguros, pero para que sean nutricionalmente adecuados faltan unos estándares obligatorios en cuanto a su composición. O por lo menos que tengamos claro lo que compramos, y es que el etiquetado muchas veces es confuso o engañoso.

Mientras los términos “light” o “diet” de dudosa aplicación campan a sus anchas por las estanterías, aún no he visto en ninguna etiqueta “alto en grasa” o “añadido 20% de azúcar”. Qué mínimo que exigir que para que algo se pueda llamar “salchicha de pollo” tenga que contar en su composición con un 50% de carne de dicho animal.

 

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Por otro lado, nos encontramos jornadas laborales eternas sentados en una silla, comidas en la oficina, el bar o en media hora delante de un ordenador, horas de salida tan tardías que para poder hacer cualquier actividad después, tiene que ser a costa de sacrificar horas de sueño (cosa que, por cierto, también engorda. Además de ponerte de mala leche). Tanto los trabajos como los planes de ocio son cada vez más sedentarios. Y como parte de un útil e inevitable progreso nos hemos acostumbrado a ir motorizados hasta la puerta del baño.

 

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Sin embargo, miro a mi alrededor y veo lo contrario. Y entonces me da la sensación de que en este tema nos hemos convertido en una sociedad polarizada, de extremos. Mientras una parte de la población se empeña en cuidarse, contar cada caloría, comer lo más sano posible, hacer deporte a cualquier hora; las pautas de alimentación generales son cada vez de peor calidad.

La agricultura biológica y el consumo de productos sanos importados están de moda, y las posibilidades cada vez son más variadas y exóticas, pero también los precios más elevados. En contraposición, a la vuelta de la esquina, tres cruasanes cuestan un euro; un buffet libre para comer hasta hincharte menos de 10, y con una caña (que cuesta menos que un botellín de agua, por cierto) te ponen unas raciones que aunque no alimentan, llenan.

Hemos perdido la calidad, pero también la perspectiva en cuanto a las cantidades. Y sí, tú eres el que toma la decisión final, pero muchas veces lo que acaba inclinando la balanza es la posición cultural y socioeconómica, presentándose aquí una nueva forma de desigualdad social. Porque puede ser que comamos mal porque queramos, pero también puede ser que muchas veces sea porque no sabemos o podemos hacerlo mejor.

 

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En mi opinión, si queremos hacer frente a este problema, tenemos que tener claro que no podemos depender exclusivamente de pautas de salud individuales. Son fundamentales e imprescindibles, que no es cuestión de echar todos los balones fuera. Pero será más efectivo trabajar en una promoción de la salud pública, tener en cuenta tanto a la sociedad como a la economía y dar la vuelta a aquello que haga falta para fomentar tanto una nutrición adecuada como una vida activa, también durante la jornada laboral.

Somos mucho más influenciables de lo que creemos, y prueba de ello es el aumento de obesidad también en los niños. Cada vez que se menosprecia o se minusvalora la asignatura de educación física, cada vez que se recorta en el presupuesto o se subcontrata el servicio de comedor de un colegio a una empresa de peor calidad, estamos fomentando que ellos engorden. Cada vez que por cuestiones sociales, culturales, económicas, o por mero desinterés (que por supuesto también hay casos), empeoran los hábitos de alimentación de una familia, estamos contribuyendo a que el sobrepeso infantil se sitúe ya en un 18%; en un 8% la obesidad. Y a mí esto me preocupa aún más.

 

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