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Family Ironman

A los 51 años 'Ferpo' materializó su sueño de completar la distancia más mítica del triatlón.
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30/08/2017 - Alberto Hernández | Fotos: Bárbara Sánchez Palomero

“Sonia, de verdad, no puedo. Me voy a retirar”. Fernando de Portugal, ‘Ferpo’ entre los que le queremos, lleva un par de horas abandonado a la cuarta disciplina del triatlón. Camina a paso tedioso, arrastra las zapatillas, intenta que su mente sofoque la rebelión de un cuerpo incapacitado para recaudar un centímetro más. Ni siquiera el recuerdo de su primer asalto -el año pasado, cuando una estúpida caída en bici canceló el billete a Lanzarote y obligó a posponer el desafío de 226 km- consigue insuflar fuerzas a unos músculos devastados por efecto del agua, el viento, el asfalto recalentado al sol de mayo… Se lo quería auto regalar como festejo a sus cinco décadas en esto de vivir. Y no pudo ser.

Ahora, cumplidos los 51, cuando lo atisbaba bajo la visera en la que oculta su mueca de dolor, el sueño vuelve a esfumarse: “Hasta aquí he llegado, se acabó. Abandono”. Su amigo Keneth Gasque, director del Club La Santa, recibirá con pena el dinero de la inscripción, pues el pacto entre caballeros solo contemplaba regalarle el dorsal en caso de que obtuviese el título de finisher. Ha perdido y punto. La cantidad es pírrica comparado con el alivio que sentirá al ausentarse del calvario.

Solo necesita una vía de escape, una salida digna, tal vez unas migajas de comprensión. Pero su mujer está poco receptiva a concesiones: “Mira, no vamos a volver a soportar la preparación de un Ironman. Ni de coña. Así que haz el favor de ponerte a correr”. Se refiere a extensas sesiones de entrenamiento, llamadas a su preparador Jaime Menéndez de Luarca, conversaciones monotemáticas con los amigos, visitas al fisioterapeuta… toda esa liturgia que agota más a la familia que a las piernas. Ferpo ha tratado de esquivar la locura transitoria que provoca un desafío de estas dimensiones, concienciarse de que solo quiere disfrutar, de que ya no es uno de aquellos pioneros que hace 30 años escandalizaban a los viandantes con sus estrambóticas mallas. Otra cosa es que lograse conseguirlo. Sonia, evidentemente, tiene una opinión bien forjada al respecto: “Termina con esto y déjate de historias”. Eso sí, antes de aplicar mano de hierro, la enfundó en guante de seda: “He colocado a los niños cada quinientos metros para que te de den ánimos y eviten que te pares”.

“Sonia, de verdad, no puedo. Me voy a retirar”. Fernando de Portugal, ‘Ferpo’ entre los que le queremos, lleva un par de horas abandonado a la cuarta disciplina del triatlón. Camina a paso tedioso, arrastra las zapatillas, intenta que su mente sofoque la rebelión de un cuerpo incapacitado para recaudar un centímetro más. Ni siquiera el recuerdo de su primer asalto -el año pasado, cuando una estúpida caída en bici canceló el billete a Lanzarote y obligó a posponer el desafío de 226 km- consigue insuflar fuerzas a unos músculos devastados por efecto del agua, el viento, el asfalto recalentado al sol de mayo… Se lo quería auto regalar como festejo a sus cinco décadas en esto de vivir. Y no pudo ser.

Ahora, cumplidos los 51, cuando lo atisbaba bajo la visera en la que oculta su mueca de dolor, el sueño vuelve a esfumarse: “Hasta aquí he llegado, se acabó. Abandono”. Su amigo Keneth Gasque, director del Club La Santa, recibirá con pena el dinero de la inscripción, pues el pacto entre caballeros solo contemplaba regalarle el dorsal en caso de que obtuviese el título de finisher. Ha perdido y punto. La cantidad es pírrica comparado con el alivio que sentirá al ausentarse del calvario.

Solo necesita una vía de escape, una salida digna, tal vez unas migajas de comprensión. Pero su mujer está poco receptiva a concesiones: “Mira, no vamos a volver a soportar la preparación de un Ironman. Ni de coña. Así que haz el favor de ponerte a correr”. Se refiere a extensas sesiones de entrenamiento, llamadas a su preparador Jaime Menéndez de Luarca, conversaciones monotemáticas con los amigos, visitas al fisioterapeuta… toda esa liturgia que agota más a la familia que a las piernas. Ferpo ha tratado de esquivar la locura transitoria que provoca un desafío de estas dimensiones, concienciarse de que solo quiere disfrutar, de que ya no es uno de aquellos pioneros que hace 30 años escandalizaban a los viandantes con sus estrambóticas mallas. Otra cosa es que lograse conseguirlo. Sonia, evidentemente, tiene una opinión bien forjada al respecto: “Termina con esto y déjate de historias”. Eso sí, antes de aplicar mano de hierro, la enfundó en guante de seda: “He colocado a los niños cada quinientos metros para que te de den ánimos y eviten que te pares”.


Nano, Nico y Anika, sincronizados como si fuesen miembros del equipo jamaicano de 4 x100, van pasándose el testigo de su viejo con una maestría asombrosa. Le jalean, lanzan vítores a todo volumen, esgrimen los mismos mantras de aliento que el padre les grita cuando son ellos los que compiten en categoría escolar. “El mundo al revés”, piensa el hombre que, increíblemente, ya no anda. Los pies vuelven a perder contacto con el suelo. Está corriendo. No tan rápido como le gustaría, alejado de los manuales de estilo, pero corriendo. Vuelve a sentirse triatleta y, con voz fatigada, dialoga con su conciencia para exponerle el cambio de planes: “Voy a llegar hasta el final”.

Mientras, lejos del mar, sus colegas han creado un grupo de WhatsApp en el que se alterna la pura información deportiva (“ha salido del agua en 1:07”, “6:55 en bici, ni tan mal”) con decenas de chanzas sobre su persona (“¿qué dirá Alix cuando sepa que se ha depilado las piernas?”). Incluso, confiando en él de manera incondicional, Jesús Rodríguez -junto a Diego Muñoz el socio con el que hace casi tres décadas se inventó Last Lap, una de las mejores empresas de eventos deportivos de España- prepara una portada especial del diario Marca en la que todos los titulares hablarán de la gesta de Ferpo.


Y nuestro hombre a lo suyo, pensando que esto no puede ser más duro que organizar la San Silvestre Vallecana o el Red Bull X-Fighters de Las Ventas. Tal vez, en los momentos más delirantes provocados por el esfuerzo, imagina cómo serían estos 42.195m subido a una de sus máquinas de motocross clásico, pasión en la que ha llegado a ser campeón nacional. O que distinto es este combate contra Filípides si lo comparas con aquel en el que, no hace tanto, dejó su personal best en unas más que aceptables 3:10 (“mi 1,92 y 90 kilos de peso no daban para más, las rodillas sufrían demasiado”). Así, entre voces amadas y cavilaciones de mayor o menor sensatez, llega a la añorada recta en la que, a lo lejos, un cronómetro pende de un arco.

En los aledaños esperan los suyos, listos para recorrer juntos, de la mano, los metros finales. La aventura acaba en 13:55, Kenneth le cuelga la medalla y Fernando de Portugal, sentimental confeso… no siente una pizca de emoción. Está decepcionado: “Quería bajar de 12, llegar no me vale. No quería andar en el maratón y lo he hecho durante casi 20 kilómetros… ¡Quería llorar al cruzar la meta”. En ese instante se detiene en los suyos. No cesan los besos ni los abrazos. Sus caras son un tratado de felicidad. Transpiran orgullo.

Entonces comprende. Acaba de echar el cierre a una apasionante experiencia familiar; todos los que habitan bajo su techo son poseedores del título finisher. Y, como Daniel el Mochuelo en El Camino, lloró, al fin.

Artículo publicado en el número 186 de RW (AGOSTO 2017).


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