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Un maratón muy especial

La carrera de Boston no es una más.
Un maratón muy especial
Un maratón muy especial
16/04/2013 - runners.es


Boston es una carrera muy diferente al resto. Sus 117 años de vida no son óbice a la hora de organizar un maratón. A su tradición se une la profesionalidad organizativa y el trato afable de los cientos de miles de espectadores que hacen de la prueba de Boston algo único. Valga un puñado de ejemplos para conocerla a fondo.

NO ES NUEVA YORK

El maratón más antiguo del país es más bien un icono; una camiseta de Nueva York significa que has sido el afortunado de alguna lotería o que te has costeado la carrera de tu bolsillo. Una camiseta de Boston demuestra que corres rápido, y es por esto que llegaste allí. Las plazas invitacionales no llegan a las 5.000. Estas son las mínimas que había que acreditar para correr este año los 42 kilómetros y 195 metros:

MÍNIMAS PARA BOSTON 2013

EDAD HOMBRES MUJERES
18-34 3:05 3:35
35-39 3:10 3:40
40-44 3:15 3:45
45-49 3:25 3:55
50-54 3:30 4:00
55-59 3:40 4:10
60-64 3:55 4:25
65-69 4:10 4:40
70-74 4:25 4:55
75-79 4:40 5:10
80+ 4:55 5:25

LA CARRERA EN CIFRAS (2012)

  • 500.000 espectadores
  • 27.000 inscritos
  • 80.000 visitantes a la feria
  • 8.000 voluntarios. 1.500 policías
  • 1.500 vigilantes de seguridad
  • 1.200 sanitarios
  • 460 miembros de la guardia nacional
  • Más de 12 millones de € recaudados para causas benéficas
  • 100 millones de € de impacto económico para la ciudad
  • 24 avituallamientos / 60 voluntarios por avituallamiento
  • Más de 1.000 periodistas acreditados.

EL RECORRIDO DEL MARATÓN DE BOSTON EN HISTORIAS (CRÓNICA DE LA EDICIÓN DE 2012)

6 ejemplos de una carrera muy humana:

EL CAMINO A BOSTON

“Nosotros no somos Nueva York”, afirma Barbara Sicuso, ojos pequeños, gafas en el puente de la nariz, máxima responsable de inscripciones del maratón de Boston. Los 27.000 inscritos oficiales podrían ser muchos más, pero se trataría de una prueba completamente distinta. Salvo en 1996, centenario de la prueba, en la que la inscripción subió a 38.700. Para Dave McGilivray, director de carrera: “Aquello fue una fiesta, diferente de la prueba competitiva que queremos que sea Boston. Seguir así nos habría alejado de nuestra herencia”.

El sistema de inscripción de Boston, basado en marcas mínimas, se abre primero a los corredores más rápidos (20 minutos menos que la mínima) y paulatinamente va ofreciéndose al resto. ¿Hay algún invitado? Sólo 5.000 privilegiados de organizaciones benéficas, patrocinadores y corredores locales no precisan acreditar su marca.

HOPKINTON: LA SALIDA

“Los chicos pasarán calor”, piensa Britt, mientras bebe un poco de té helado. Son poco más de las 8 de la mañana y el termómetro supera los 20 centígrados. Apura otro sorbo antes de abrir la bolsa de lavandería y desplegar la bandera. Tras anudarla al impoluto mástil del porche sube a cambiarse, necesitará una blusa más fina para soportar el calor.

Cuando compró esta casa en Main Street le preocupó que la ruta 135 pasara justo por delante, lo que en parte abarató el precio. Si el tipo de la inmobiliaria hubiera percibido las gotas de barro seco en la puntera de sus Pegasus del 83 y le hubiera hablado de la fiesta que cada tercer lunes de abril multiplica los 15.000 habitantes de Hopkinton durante un puñado de horas, no habría regateado tanto.

Hace décadas que Britt no corre el maratón, pero año tras año se mantiene fiel a su cita con miles de vecinos improvisados que peregrinan en dirección a Copley Square, en Boston. Hoy los chicos pasarán calor, por descontado. El termómetro supera los 26 grados poco antes de que se dé la salida de corredores en silla de ruedas: momento de salir al porche, izar la bandera y pulsar el botón que, en bucle, repetirá una y otra vez el Born to Run de Springsteen.

ASHLAND: SEGUNDO TRAMO

Bernie tiene siete años y una cesta de mitades de naranja a sus pies, que se llena a medida que la de su padre las parte. Después llegarán los plátanos y las pasas. A diferencia de otras veces, este año su padre picará dos sacos de hielo: “No queremos que se derritan, hijo”. Ni ellos ni nosotros, de ahí las gorras para soportar las casi dos horas que estarán bajo la torre del reloj.

“¿Por qué los primeros nunca cogen fruta, papi?” .“Ya lo entenderás. Recuerda no dar todo al principio, los que más lo necesitan son los últimos”. “¡Pero si van más lentos, papi!”. “Precisamente por eso, Bernie, precisamente. Llegan los corredores: primero un grupo de chicas, luego los africanos y, tras el goteo, el auténtico río. “¿Cuántos son, papi?”. “Más de 20.000”. “¿Cómo puedes contarlos a todos?”. “Hijo mío, ya lo entenderás”.

Casi no da abasto a repartir: naranja, plátano, naranja, pasas y hielo picado. La demanda del último supera al resto: la temperatura sube y está tentado de deslizar un puñado por su espalda, como hacen los corredores.

Claro que puede que no sea una gran idea: ellos sudan más. En poco más de una hora, en la cesta sólo quedará algún resto de fruta y un puñado de pasas. El improvisado avituallamiento que Bernie y su padre han montado en la milla 4 ha sido un éxito, aunque al niño todavía le quedan unos años para poder pronunciar una palabra tan larga.

WELLESLEY: LOS BESOS DE LAS CHICAS

No puede ser para tanto, afirma Barbara, estudiante de primer año de la Universidad de Wellesley, mientras termina de arreglarse para la, según sus compañeras, cita más importante del año. ¿Qué hay de divertido en ver pasar a unos tipos sudando en calzoncillos? “Al menos llevo una pancarta ingeniosa”, piensa mientras se abrocha la chaqueta.

Están en el punto intermedio del recorrido y falta poco para que lleguen los primeros, según la estimación. Nota un par de gotas de sudor por la frente: este calor le fastidiará el maquillaje. Saca la Blackberry del bolsillo izquierdo para llamar a su novio. Tras el tono de llamada escucha su voz de recién despierto. El tiempo justo para saludarlo antes de que miles de chicas animen a los primeros corredores y conviertan Central Street en el mayor túnel de sonido jamás soñado.

La tradición de animar es tan longeva como el propio maratón. Las pancartas de las chicas de cuarto curso tienen los mejores ripios: “Bésame si te duele”, “El sudor es sexy”, “Los corredores aguantan más”. Aquí también son las más populares, para desconsuelo de Barbara que, con las mejillas completamente sudadas y sin inaugurar su marcador de besos, ha optado por tirar la toalla o, mejor, la pancarta: “Las uñas de los pies están sobrevaloradas”.

NEWTON: LA CUESTA ROMPECORAZONES

“Este año no hay dudas. ¿Ves ese termómetro? Marca 30 grados. Las condiciones son horribles para correr un maratón, aunque seas africano. Además las cuestas llegan en el peor momento, del 26 al 32, cuando no les queda casi glucógeno en los músculos. Los toboganes los dejan reventados y, salvo que hayan repuesto lo suficiente, hoy no podrán con ella. Ése es el famoso muro”.
Es lo malo de haberte formado en el MIT: ves ciencia en todo lo que te rodea. Bruce no es excepción y aburre al resto de amigos que, cerveza en mano, se han reunido en la Cuesta Rompecorazones para animar a los élite. “Podréis verles tranquilamente: su ritmo bajará sensiblemente, tanto que podréis seguirlos durante unos metros. Incluso con la cerveza”.

Además de científico, Bruce es corredor y conoce bien las cuatro cuestas de Newton, una auténtica sorpresa después de 25 kilómetros de relativo descenso. Una elevación cuya percepción es mayor de la realidad, pues sólo son 27 metros de elevación a lo largo de 600 lineales, pero que le privó de batir su marca hace cuatro años.
Desde el tendido todo es más fácil. “Están aquí”. Los kenianos vuelan sobre el asfalto de la Rompecorazones y, como llegaron, se marchan. “Bruce, iban como motos, estos no notan la cuesta”. Otro año que pagará la cena.

KENMORE: EL EMBRUJO DE LOS RED SOX

Para Beth lo malo no es haber madrugado para ver el partido de los Red Sox un día festivo. Fenway Park, la casa del equipo de béisbol local, está precioso en primavera. Además, hoy hará demasiado calor a mediodía como para aguantar, aunque lleves gorra. Lo malo es que hayan perdido contra los Rays de Tampa Bay en un partido aburridísimo hasta para un Día del Patriota.

Sale con la cabeza baja. Ni siquiera la estatua de los Teammates puede ayudarle hoy. No es bueno ser tan fan, y menos desde el título mundial de 2007. Desde entonces llevar calcetines rojos es un deporte de riesgo. Luego llamará a su novio en Nueva York, tan loco de los Yankees que no dudará en reprocharle.

El gentío le detiene. Cientos, miles de tipos colapsan Kenmore corriendo calle abajo hacia Boylston. Lo había olvidado completamente. Es el momento de lanzar la adrenalina. Beth sube a un banco y comienza a corear a los grupos que aguantan bajo este calor estoico. “¡Vamos, corredores, vamos!” La práctica de horas de grada surte su efecto. Aquellos tipos le devuelven el gesto con una sonrisa, con un “gracias” o un pequeño cambio de ritmo. Suficiente para reconfortarla. Quizá hoy no haya sido tan mal día, al fin y al cabo.

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